ALARMA EN EL AVIÓN

            Cuando uno vive en la legendaria ciudad de Iquitos, solamente se puede salir en avión.

            Lejanos estaban los tiempos en que valerosas personas cruzaban la Cordillera de los Andes a lomo de mula, siempre con el ansia inmensa de superación. Quienes tenían plata viajaban a Europa en barco por el río Amazonas y el Océano Atlántico. Supe de algunos que estudiaron en Madrid, Londres y Paris, pero eran los menos.

            Personas famosas como la señora Juana Venegas de Herbozo, Directora y propietaria de la Escuela de Primer Grado “Escuela Práctica”, nos relataba cómo había cruzado los Andes para Estudiar Educación en Lima.

            Hemos viajado en “Apoyo Aéreo”, pasaje que una vez al mes le conceden al personal del Ejército. Con mi padre viajamos de pie porque era un avión de carga que se usaba para los saltos en paracaídas. No tenía cabina presurizada ni altimatizada. Al cruzar la cordillera parece que el avión hace un esfuerzo supremo, suenan más fuertes los motores a hélices, y de lo alto caen mangueritas de goma el cual cada pasajero toma y lo acerca a la boca para poder respirar y que no te dé el “soroche”.

            Después le tocaría la oportunidad a la modernización de la aviación: Aviones cuatrimotores a hélices, con cabina presurizada y altimatizada. Muy confortables.

            Pero, estos aviones tenían motores grandes con hélices que le daban mucha fuerza al avión. El piloto encendía un motor a la vez y detrás del tubo de escape se ubicaba un empleado del aeropuerto con un extinguidor de gas carbónico, listo para lanzar el chorro de gas porque algunas veces salían llamas por el tubo de escape.

            No implicaba ningún riesgo, solamente que al encender el motor podía salir llamas por el tubo de escape, las cuales eran apagadas al instante.

            Ocurrió una vez, cuando íbamos a partir de Iquitos para venir a Lima, que salió fuego por el tubo de escape. Cualquiera que fuera observador podía darse cuenta que eso es siempre totalmente normal. Excepto cuando eres una persona nerviosa y muy dada al “patatús”.

            Tras de mí estaba sentada una pareja, un militar con su esposa, al salir las llamas la señora se puso a gritar:

  • ¡Vamos a morir! ¡Se está incendiando el avión! ¡Me quiero bajar!

El marido no la pudo controlar, me acerqué, la cogí por los hombros y le dije en voz alta (el ruido de los motores es muy fuerte):

  • ¡Señora esto es normal! Toda vez que arranca un motor puede salir llamas, por eso hay un hombre con un extinguidor grande al pie. Mire usted afuera (por la ventanilla) ya no hay nada, todo está normal. Ahora siéntese tranquila en su asiento y póngase el cinturón porque ya vamos a partir.

El esposo asintió con la cabeza y sonrió. Abrácela – le dije.

Y continuamos con nuestro viaje a la capital.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *