134 UNA MASCOTA

            Mascota es un término que procede del francés mascotte y que se utiliza para nombrar al animal de compañía. Estos animales, por lo tanto, acompañan a los seres humanos en su vida cotidiana, por lo que no son destinados al trabajo ni tampoco son sacrificados para que se conviertan en alimento.

Fuente: Definición.DE disponible en https://definicion.de/mascota/

Jamás me ha interesado tener una mascota de ningún tipo. Siempre decía que los únicos animales que puedo aceptar son los que pongo en el plato para comer.

Pero “El hombre propone y Dios dispone…”.

Cuando vivíamos en la calle Pablo Rosell en Iquitos, venía siempre a mi casa un gato color naranja atigrado y lo hacíamos correr. Pero un día, estábamos toda la familia en la sala y mi hermana Mary Wilma estaba mirando una revista que estaba sobre la máquina de coser, de espaldas a la calle, cuando un enorme murciélago ingresó por la ventana y venía directamente hacia ella, iba a impactarla en la espalda y antes que yo pudiera golpear al murciélago para evitar el contacto apareció de la nada el gato y lo atrapó al vuelo y se lo llevó hacia la huerta.

Desde entonces el gato fue el héroe. Le pusieron de nombre “Michina”. Y aunque después nos dimos cuenta que era macho se quedó con ese nombre, producto de la emoción. Entonces le servíamos todos los días un plato de leche y dispusimos un plato exclusivamente para él. Murió de viejo.

Cuando formamos nuestra familia dije a mis hijas la misma cuestión: que no queríamos mascotas de ninguna clase, aunque muchas veces les relaté el caso Michina. Pero la Profesora Alicia del Callao, colega de mi esposa cuando le tocó trabajar en El Callao, criaba a una niña y el doctor le recomendó que le proporcionara un gato para su terapia. Adquirió en una Veterinaria un gato de Angora, hembra. Cuando le llegaba el tiempo llevaba el gato a la Veterinaria y la hacía cubrir. Cuando tuvo sus crías nos regaló  uno. Venía de la Veterinaria bien educado. Como yo había dicho nada de mascotas lo metieron a escondidas en la casa. Nuestras hijas mellizas se encariñaron con él.

Un día vino el Cartero y al ver al gatito nos dijo: “Son muy lindos, pero muy ingratos, apenas abres la puerta se largan”. Y así fue. Las empleadas no son a propósito para cuidar mascotas.

Una segunda vez Alicia nos regaló otro ejemplar y ocurrió lo mismo. El gato se fue. Y La Victoria no es un lugar donde alguien te venga a devolver tu mascota: un gato de Angora es dinero inmediato.

Nació Charito y entonces vivíamos en Pueblo Libre. Como yo no quería mascotas ella adoptó un caracol. Le tenía en un vaso con sus hojas de lechuga, pero el caracol trepaba las paredes del vaso y salía o se caía sobre la mesa. Una vez pusieron el vaso al filo de la mesa y la caída fue hasta el suelo y se reventó. Adiós caracol.

A mi esposa le regalaron un pollito y Charito lo tomó como mascota. Le pusieron de nombre Gervasio pero también le llamaban “Pollo Gordo”. Creció y se hizo tremendo, todo un gallo. Charito quería ponerle collar y correa para sacarlo a pasear pero la empleada se negaba rotundamente a salir con él. Gervasio era muy celoso.

Mi sobrino Pepe Barreyro tenía un amigo que criaba un perro Pekinés. Cuando tuvo su cría le regaló uno y él le trajo a Charito. Ella contenta. También lo metieron a escondidas a la casa. Le pusieron de nombre “Sting” y fue la mascota de toda la familia. Yo decía que era mi hijo varón, pero la única que le bañaba, despulgaba y atendía su alimentación era la mamá, a la vez que limpiaba sus heces. Era Sting muy educado, lo entrenan en la Veterinaria.

Cuando Gervasio vio a Sting se abalanzó sobre él y casi lo mata. En casa no lo podíamos comer porque era mascota. Mandamos a Gervasio a Chosica y Alicia Amaya se lo comió y nosotros nos quedamos con Sting.

El doctor Maxi era su Veterinario y lo atendía regularmente. Él nos dijo que no le lleváramos caminando a la consulta, son como diez cuadras, sino cargando, de lo contrario va a subir su temperatura y va a aparentar que está con fiebre. Que no le diéramos comida con huesos largos porque se astillan y se incrustan y atraviesan las paredes de sus intestinos. Preferible que le diéramos la parte inferior de las patas de pollo, tienen huesos pequeños y también el hígado del pollo.

Desde que llegó Sting cambiamos nuestra manera de ver las cosas: jamás se quiso quedar en la cocina en su “camita”. Lloraba toda la noche. Lo llevamos a nuestra cama, sólo hasta que crezca un poco. Toda su vida la pasó en nuestra cama.

Era tan pequeño que Luisa lo ponía en el bolsillo de su chompa para llevarlo a pasear al parque. Cuando creció un poco lo sacaban en la canastilla de sus bicicletas Spider y al Sting le encantaba sentir el aire en la cara. Se veía muy contento. Lo cargaban como a un bebé y eso le gustaba. Cuando salíamos en nuestro carro teníamos que abrir una ventana porque Sting solo aceptaba ir con nosotros si él podía sacar la cabeza por la ventana y recibir el fuerte viento en la cara.

Vivió trece años y falleció de viejo. Dicen que eso equivale a 80 años de un humano.

Ésta es pues nuestra historia sobre las mascotas que “nunca quise tener” y que acabé teniendo de una u otra manera, que cambiaron nuestra vida y la manera de llevar nuestra vida. Lo más terrible fue el Año Nuevo y los cohetones que parecían bombas, Claudia se pasaba la noche abrazando a Sting, tapándole las orejas porque le desquiciaba el inmenso ruido inacabable. Cuando se enfermó Sting, Claudia se pasaba la noche cuidándole y dándole su medicina y cuando Claudia se enfermó, Sting no se despegó de la cama de Claudia hasta que se sanó. Con Charito le llevábamos al doctor Maxi y ella sabía cómo darle la medicina en jarabe con una jeringa sin aguja. Todos tuvimos que hacer con él.

Sting

 

133 MUCHACHOS ¿QUIEREN IR A LIMA?

Cada cierto tiempo los empleados de Control de Calidad de la Cervecería Backus y Johnston nos turnábamos para ir a trabajar por seis meses en la Cervecería San Juan de Pucallpa, se trataba de Biólogos y de Ingenieros Químicos. Nos enviaban con pasaje de ida y vuelta.

Esta vez teníamos que pasar la Navidad en Pucallpa. Así lo había decidido nuestro Gerente de Producción de Backus pues a mediados de mes viajamos a Lima para asistir al matrimonio de nuestro colega y compañero de trabajo Edgar Valdivia. Expliqué a mi esposa y a mis hijas que no podríamos estar juntos en esta Navidad, pero que sí las iba a llamar a la media noche para saludarlas y desearnos ¡Feliz Navidad!

El día 24 de diciembre al caer la tarde estábamos sentados en la sala de estar, Lucho Vizcarra (Biólogo), yo y otra persona, un Ingeniero Industrial de Aficomosa, una empresa diversificada de Backus, quien estaba realizando un proyecto en Pucallpa. Estábamos en la misma condición, esperando resignados la medianoche para abrazarnos y servirnos la Cena Navideña preparada por la cervecería con puro productos importados, porque nada había en el país.

De repente vino el “Lobo” a decirnos a bocajarro: “Muchachos ¿quieren ir a Lima?”. El Lobo era el Director de Economía de la Cervecería San Juan. Decir Director es decir el Gerente. Decían que le llamaban así porque salía a “aullar” en las noches, no necesariamente de luna llena.

Todos a una dijimos: “”.

No nos lo esperábamos, habida cuenta que se nos había dicho que tendríamos que pasar la Navidad en Pucallpa y todas nuestras familias así lo sabían. Fue un hecho inesperado y sin precedentes.

No necesitamos equipaje, solamente el maletín que siempre nos acompaña y  está siempre a la mano. El de Aficomosa si llevaba una tremenda maleta, parecía que no pensaba volver.

Poco antes de salir para el aeropuerto el Director (Gerente) de Producción Walter Rojas se acercó para decirme “Chito, dile al Lobo que se lleve vales de cerveza”. Me senté adelante y le dije al Lobo quien manejaba el Land Rover, el mensaje de Walter, y él me contestó mientras me hacía ver un sobre blanco de Oficio, bien abultado: “Mira ve, mientras Walter está de ida, yo ya estoy de vuelta”. El sobre estaba lleno de vales de cerveza, y un vale de cerveza, “ración” o “gratis”, es dinero en efectivo. Una fortuna.

Atrás quedaban los accidentes del avión Lansa que determinaron su desaparición. Solamente operaba la Compañía Faucett. Y, como suele suceder en la temporada navideña, la gente estaba amontonada en el mostrador de la compañía, esperando que alguien cancele su vuelo para que a alguno de ellos les sea concedida la oportunidad de viajar, el mismo Gerente de Faucett estaba atendiendo junto con sus empleados. Vi al Lobo entrar saludando estentóreamente al Gerente de Faucett, desearle Feliz Navidad, al tiempo que le ponía en la mano el sobre blanco. Cogido de sorpresa, el Gerente solamente atinó a decir “desgraciado, cuántos me estarás metiendo”.

Mientras esperábamos  en un rincón el desenlace de los acontecimientos, Lucho Vizcarra se acercó para decirme:

  • ¿Tú no tienes nervios?
  • No.
  • ¿Nunca te pones nervioso por nada?
  • No.
  • Yo estoy que me deshago de nervios.
  • Es que tú no has sido formado como militar. Tomo las cosas como vienen y actúo en consecuencia. Si viajamos, bien, si no viajamos, igualmente bien. Nada gano llenándome de ansiedad – parece que esta conversación le dio algo de calma a su espíritu.

Vino el Lobo a decirnos, señalando a Lucho y a mí “ustedes dos están seguros, ya pueden abordar el avión”. “ – le dijo al de Aficomosa – tendrás que esperar todavía”. Sentados en el avión y estando a punto de cerrarse la puerta (una vez cerrada ya no se abre), vimos al tercero venir corriendo por la pista con su enorme maleta en la mano. Subió y cerraron la puerta. No había asientos disponibles, de manera que hizo el viaje de pie.

Llegamos al Aeropuerto Internacional “Jorge Chávez” del Callao y corrí a buscar un teléfono público. Tenía solamente un rin en mi monedero Alda, regalo de mi amada esposa. Las fichas rin era monedas con ranuras de uso exclusivo para teléfonos públicos de la compañía de teléfonos. Siempre había escasez de fichas rin por eso era muy importante tener uno escondido por si acaso. Tenía miedo de producir un patatús si me aparecía de repente en la casa. Era mejor avisar.

Contestó Luisa y cuando le dije que estaba en Lima pegó un grito que se escuchó en todo el aeropuerto. Todos sabíamos que una vez iniciada la conversación únicamente disponíamos de tres minutos, luego se cortaba. Ahora sí podía ir con tranquilidad a nuestra casa en la Plaza Manco Cápac y gozar de la felicidad de la familia.

Una inesperada aventura de película.

El avión

 

130 LA MUERTE

Mi más temprano recuerdo acerca de la muerte es el fallecimiento de mi hermanita Wilma a los dos años de edad. Tenía yo 4 años y era todo como una fiesta, venían “carros de lujo”. Que nos llenaba de emoción.

En Iquitos se denominaban carros de lujo a los taxis nuevos, brillantes, de color negro, que se les utilizaba para matrimonios y entierros. Su precio era mucho mayor, pero eran necesarios para estas circunstancias.

A esa edad no se tiene mucho sentido de la desaparición de la persona por fallecimiento, al menos, no todos.

Tenía 8 años cuando al volver del colegio encontré a mi mamá llorando en la cama. Tenía en la mano el periódico de Lima “Última Hora”, donde se narraba escuetamente que en El Callao el marido había asesinado a la hermana de mi mamá, la tía Hilda. Fue la única vez que vi llorar a mi mamá. No solo por el fallecimiento de su hermana menor sino por la impotencia que nos señala la pobreza al no poder viajar a Lima para acompañar a su mamá, mi abuelita Luisa Chávez.

Cuando era adolescente falleció el Alcalde de la Provincia de Maynas, Paco García, cuando manejando su Jeep a toda velocidad por la calle Tacna se estrelló contra un poste de luz eléctrica en el cruce con la calle Sargento Lores, en Iquitos. Todo el pueblo estaba conmocionado, lo velaron en el Salón de Actos de la Municipalidad. Escuché comentarios que luego le conté a mi mamá:

  • Dicen que su esposa está enferma de nervios, que está muy mal.
  • Qué no va a estar mal. Si cuando murió mi hijita casi me vuelvo loca.

Una cuestión de la que no guardaba yo ningún recuerdo. Seguramente que es por eso que dicen que el hombre adquiere uso de razón recién a los 7 años.

Cuando fui adulto comprendí que si no vas a las fiestas y a los velatorios familiares, cuando mueras no habrá nadie para cargar tu ataúd.

Me pasó, cuando falleció la mamá de mi comadre. A la hora del entierro solamente estábamos 4 hombres y tuvimos que cargar el ataúd 4 cuadras en el interior del Cementerio El Ángel. Debimos hacer dos paradas para descansar poniendo el ataúd sobre bancos de cemento que hay en el camino.

Se lo comenté a un compañero de trabajo, Murjhan, y él me dijo que cuando falleció su abuelo, todo Surquillo estuvo en el velatorio: él sí iba a fiestas y velatorios – sentenció.

Te pasas la vida amando a tus hermanos y a tus padres, pero nunca se lo dices. En tu concepto ellos “saben” que los amas, pero si no se lo dices ahora, después te vas a lamentar toda tu vida.

Mi mamá falleció en mis brazos cuando la llevábamos al Hospital Iquitos. Durante todo el velorio yo andaba haciendo labores, compras, vistiendo de luto a mi padre y a mis hermanos, todos menores que yo, hacía cualquier cosa, hasta que la señora Aurora Valdivia, amiga de la familia y madrina de mi hermana Mary Wilma, me llamó la atención:

  • Jorge, ponte ya a velar a tu madre.

Necesitaba ese sacudón porque estaba como zombi. Prefería hacer algo para no pensar en la muerte: que mi madre estaba muerta. Que la amaba mucho y nunca se lo había dicho.

Dos días después al regresar de la calle a las 11 de la noche, me eché en mi cama, con las manos cruzadas detrás de mi cabeza, estoy seguro que no era duermevela, cuando mi madre vino a mi cama, abrió el mosquitero y se quedó mirándome. Traté de asirla pero ella se fue por el pasillo hacia la huerta, el lugar donde se pierden los espíritus.

Cuando traté de agarrarla grité llamándola:

  • ¡Mamá!

Debo haber gritado muy fuerte porque todos se levantaron y vinieron a verme. Mi padre me abrazó y me puse a llorar bien fuerte. Fue la única vez que lloré cuando se fue mi mamá.

Muchos años después, estando viviendo en Lima me avisaron que mi padre había fallecido en Iquitos. Bueno, ya tenía 92 años me dije, ya debía descansar.

Si bien durante todo el velorio estuve tranquilo porque mi padre ya había vivido bastante y habíamos tenido interminables charlas, pero sobre todo que él siempre supo que lo amaba. Pero al comenzar a retirar las piezas del catafalco y debíamos partir al camposanto, me puse a llorar ante el ataúd, de manera inconsolable diciendo una y otra vez:

  • ¡No basta, no basta!

Nadie, ni mi esposa, me comprendían lo que decía ni por qué. Dentro de mí gritaba la razón:

            No basta amarle, debía decirle cuando estaba vivo. Debí decirle cuanto lo amaba debí decirle todos los días de mi vida. Yo que siempre lo amé asumí que él lo sabía. Pero no basta que lo sepa. Tenía que habérselo dicho y no lo hice; y por eso lloraba inconsolable.

La última vez que besé la frente de mi hermana menor, Mónica, la menor de todos, estaba fría. Parecía de hielo y no saben lo que duele eso.

La cuidé desde que nació, la tomé a mi cargo no porque mi mamá no estaba. Sí estaba mi mamá, pero la cuidé porque me encariñé con ella y la cuidaba todo el tiempo. Pero pude hacer mucho más, como por ejemplo decirle cuanto la quería y estaba orgulloso de sus logros. Pude decirle todos los días que la quería mucho y podía haber hecho mucho más de lo que hice para que se sintiera mejor. Vino de Iquitos derivada al Hospital Rebagliati. Le sacaron un riñón y le comenzaron a dializar hasta que le hicieron un trasplante de riñón. El riñón le duró dos años y nuevamente a dializar. Y allí se quedó.

Cuando me llamaron del hospital la encontré muerta en su cama. Había fallecido durante la diálisis. Sentí mucha pena y un gran dolor. Era mi obligación cuidarla.

Besé su frente y estaba fría. Duele por Dios y duele mucho. Cuando llegaron mis tres hijas las abracé y lloré, no solo por su partida temprana sino porque nunca le dije con cariño “Te amo”. Siempre fui el hermano “mayor”, el responsable, el autoritario, y nunca el hermano cariñoso que ama.

Teníamos una entrañable amistad con Alicia Amaya Córdova y sus hijos Rafael y Alicita. Desarrolló un terrible cáncer a los pulmones que acabaron con ella. Siempre estuvimos con ella. Falleció tempranamente. Sus hijos nos dicen tíos porque nos sienten de la familia.

La muerte te enseña a amar. A mi esposa le digo «te amo» todos los días, y aún ahora que ella está más allá del entendimiento sigo diciéndole «te amo, bebita» y nunca me cansaré de decirlo.

Si tienes a tu madre postrada en cama, no pierdas la oportunidad de decirle con una sonrisa en el rostro que la amas. Besa su frente ahora que aún está caliente.

¿Qué no te entiende? Qué importa, tú entiendes. ¿Qué no te escucha? Qué importa, tú escuchas. ¿Qué no lo sabe? Qué importa, tú sabes.

Dice el padre Juan Cuña Calavia, autor de “Orando con los Salmos” que ellos, los enfermos de Alzheimer,  no entienden pero perciben el cariño. Así que dile ahora.

           Mi hermana Mónica                      El velatorio de la tía Alicia

 

125 EL CLUB DE SACOLARGOS

No es que sea un club sino una manera de, aparentemente, fastidiar a las personas más tranquilas y que no sean trasnochadores. También se considera a quien entrega todo su sueldo a la familia y lo invierte todo en ella, en vez de ir a jaranear a una Peña y gastarse toda la plata en borracheras.

En la cervecería recibíamos tres gratificaciones al año: Fiestas Patrias, Navidad y Vacaciones. Una vez al año nos daban “Utilidades” y los dividendos de la Comunidad Industrial. Las gratis prácticamente ya están contabilizados con los sueldos y casi ni nos damos cuenta, pero las utilidades y la Comunidad Industrial era un monto importante y lo dedicábamos a cambiar los muebles de la sala, del comedor y dormitorios.

En el comedor de la cervecería nos reuníamos personas de diferentes áreas de trabajo e intercambiamos opiniones sobre la situación política o el campeonato de fútbol. Algunas veces, con orgullo, comenté la importante compra que habíamos realizado en nuestra casa. Pero tarde me di cuenta de mi error cuando mi Asistente vino a decirme que me habían “nombrado” Presidente del Club de Sacolargos.

En el Diccionario Latinoamericano dice “En Perú: hombre cuya mujer lo domina”.

Los Supervisores y Asistentes son empleados no profesionales y están bajo nuestras órdenes, pero jamás se atreverían a decir de frente a un Ingeniero alguna broma o una “chapa”. Mandas un Memo y lo suspenden. Pero entre ellos la cosa sí tiene ribetes de una verdadera jarana.

En la época del crimen de Banchero Rossi, todos los empleados seguían el juicio con sumo interés. Durante la cena allí entre ellos “había” Vilca, Banchero, Eugenia Sessarego y todos sabíamos a quien le decían así. De repente alguien decía “¿Y el relator” y todos rompían a reír a carcajadas. Y de esta manera ocurrían las cosas una y otra vez y yo siempre me quedaba en el limbo porque no sabía quién de ellos era el relator del juicio. Cuando le pregunté a mi Asistente, ya en el Laboratorio,  “¿Quién es pues el relator?” el gordo Acosta me dijo “Eres tú”.

Alguna vez escuché decir a un empleado cuando comenté que nos habíamos comprado un juego de comedor, “no hay que acostumbrar a lo que no ha de durar

Muchos de ellos escondían en su casillero todo ingreso adicional y lo gastaban en los jueves de Peña y yo por dar todo a mi familia no solamente era un sacolargo sino el presidente de todos ellos. Nunca fui a un jueves de Peña, y lo digo con orgullo.

Le conté a mi esposa y a ella le hizo gracia y les contaba a sus amigas que yo estoy a punto de llegar a la casa porque soy el presidente del club de sacolargos. No falla.

Cuando estuve en el EPCA, en una reunión de miércoles, lo comenté, pero el padre Jorge García QEPD me dijo:

  • Jorge, ¿esas mismas personas que te pusieron ese nombre, acaso no te buscaban siempre para pedirte consejos?
  • Todo el tiempo – padre – consejos de todos tipo, profesionales, técnicos, personales y hasta afectivos.
  • Claro pues – dijo él – porque confiaban en ti, porque sabían que habías formado una familia plena de valores morales.

Nunca me molestó y a mi esposa menos, más bien le hacía gracia y lo contaba con cierto timbre de orgullo.

El saco largo

 

124 ALLÍ VIENE MI CHOFER

A mi compadre Alfredo Ugarte, militar de carrera,  le cupo en suerte ser nombrado Edecán en Palacio de Gobierno.

En su sección El Habla Culta, la doctora Martha Hildebrandt nos dice que la palabra Edecán significa “Oficial de las fuerzas armadas al servicio del Presidente de la nación, que desempeña funciones de carácter protocolar” (Diccionario de americanismos, ASALE, 2010).

Orgulloso mi compadre, al terminar la jornada de trabajo, enfundado en su radiante uniforme con sus condecoraciones y sus cordones de Edecán, se dirigió a su casa en Chorrillos manejando su carro, cuando al llegar su esposa salió a darle el encuentro para decirle que su papá había venido a Lima a una reunión de Alcaldes en el Hotel Sheraton y está esperando que vaya a recogerlo.

El señor Eliseo Alván, Alcalde de Juanjui,  se encontraba en Lima para una corta estadía y prefería alojarse en casa de su hija, mi comadre Clara. El señor Alván es conocido por su carácter socarrón que también heredó su hija. En aquellos tiempos no había celulares para comunicarse de inmediato, de manera que recién cuando Alfredo llegó a su casa le pudo dar el encargo. Raudo partió el Comandante a recoger a su suegro. Menos mal que era Comando y no sentía el cansancio

En la puerta del Hotel Sheraton esperaba el Alcalde con su Secretario, atisbando con impaciencia la Vía Expresa, cuando de repente gritó:

  • ¡Allí viene mi chofer!

El Secretario también miró y le dijo desalentado.

  • No, señor Alcalde, quien viene es un alto Jefe Militar.
  • Bah, pero si esa clase de chofer no más tengo yo.

El Edecán

 

123 ANÁLISIS TRANSACCIONAL

Habíamos sido elegidos Directores Comuneros, representantes de la Comunidad Industrial ante el Directorio de la Cervecería Backus.

Una vez al mes debíamos participar en la sesión del Directorio de la empresa y era en verdad atemorizante. Ellos eran millonarios dueños de las mayores empresas del país y astutos en el manejo empresarial y sus Directorios y nosotros éramos representantes de los trabajadores, pero por nuestra participación que los obligaba la Ley General de Industrias que creó la Comunidad Industrial en 1970, la Comunidad Industrial de la Cervecería recibía varios millones de soles de dieta  y también participación en las utilidades que se distribuía entre todos los trabajadores cada año.

Fue entonces que el Psicólogo Jorge Rengifo Lozada, trabajador de la empresa sugirió al Presidente de la CI para darnos un curso de Análisis Transaccional a los cuatro Directores Comuneros, para cambiar nuestra actitud frente a los millonarios “dueños del Perú” y, más bien, superarlos a todos ellos.

Y, ¿qué es el Análisis Transaccional?

            El Análisis Transaccional (AT) es una forma ampliamente reconocida de la Psicología moderna, que consiste en un conjunto de herramientas conceptuales prácticas destinadas a promover el crecimiento personal y el cambio. Se considera una terapia fundamental para el bienestar y para ayudar a las personas a alcanzar su máximo potencial en todos los aspectos de la vida.

Fuente: Psicoactiva – mujerhoy.com

Básicamente se trata de aprender a interactuar con los demás mediante transacciones psicológicas con sus estados del yo (Padre, Adulto y Niño). El Padre es la autoridad para dar cuidados y reprender, el Adulto es el ser racional y responsable, y el Niño es el ser ligado a lo espontáneo, los sentimientos y los deseos.

Nos enseñó a pasar de un estado a otro con lo cual sorprendíamos al adversario. El Psicólogo nos decía que era como poner una soga alrededor de los otros y cuando lo decidíamos podíamos jalar la cuerda y hacerlos caer. En sentido figurado, pero sus resultados eran en realidad sorprendentes. Los Directores Comuneros éramos tres obreros y un empleado, y he visto a un obrero hacerle “pisar el palito” y ponerle furioso al Gerente General y cuando un Director del Capital quiso calmarlo le respondió “No, señor Director, a mí me está atacando”. Como dije, resultados sorprendentes.

En una sesión del curso el Psicólogo les había dicho a los otros algo sobre mí, antes que yo llegara a la oficina, y cuando llegó el Coffee break me dirigí al baño para lavarme las manos y cuando volví escuché que les decía “¿No les dije?”. Me quedé intrigado. Al salir le pregunté a uno de mis compañeros y él me dijo que les había dicho “Cuando llegue el Coffee Break el Ingeniero Suárez se va a ir al baño a lavarse las manos. Todos los Ingenieros Químicos se lavan las manos antes de comer algo”.

Y es cierto, durante toda nuestra formación universitaria trabajamos con sustancias altamente venenosas, y en el Laboratorio de la Cervecería también muchos análisis se hacen con cianuro de sodio y de potasio, de manera que por nuestra misma formación y por el cuidado de nuestra salud nos lavamos las manos antes de comer algo, aun ahora que estoy jubilado.

En otra sesión el Psicólogo nos preguntó si nos había ocurrido algo curioso, algo raro en estos días. Me había ocurrido a mí:

Ayer, al llegar a mi casa sonó el teléfono, mis hijas estaban en el Colegio y mi esposa en su trabajo de Maestra, de manera que contesté. Una voz femenina me dijo muy seria:

  • Señor le llamo de la Compañía de Teléfonos, estamos haciendo verificaciones en el área donde usted reside ¿podría soplar por favor?
  • ¿Qué?
  • Señor, le repito, llamo de la Compañía de Teléfonos, estamos haciendo verificaciones en el área donde usted reside ¿podría soplar por favor?
  • Fu.
  • Más fuerte, por favor.
  • Fuu.
  • Más fuerte señor.
  • Fuuuuu.
  • Gracias papacito, me acabas de inflar mi globo.
  • Payasa

Se entusiasmó  nuestro Profesor y lo explicó, primero con duda sopló despacito, después más seguro sopló más fuerte y a la tercera sopló con toda su alma. Qué bonito caso, vamos a reproducirlo y todos tuvimos que repetir palabra por palabra, gesto por gesto: uno hacía de muchacha y otro de mí y nos alternamos y yo tuve que hacer de muchacha y de mí mismo también. Todos estábamos eufóricos y participábamos con emoción como en una obra de teatro. Esto definitivamente reforzó el alcance del curso y fue para nosotros una verdadera catarsis.

El telefonito