378 LAS ZAPATILLAS

            Las zapatillas eran simplemente útiles deportivos  que utilizábamos solamente en las clases de Educación Física.

            En nuestra hermosa tierra de Iquitos, la capital de la Amazonía Peruana, los colegios de mujeres utilizaban como calzado del uniforme escolar unas zapatillas blancas de lona, de talle corto y amarrado con pasadores. Generalmente las denominábamos como alpargatas.

            En los años cincuenta el uniforme de los varones era de color caqui, pantalón, camisa manga larga con dos bolsillos, corbata y cristina. Zapatos botines de color marrón.

            Las niñas tenían uniforme de tela playa blanco (vestido) y zapatillas blancas (alpargatas) sin medias. Para el Desfile Escolar le adicionaban unas solapas triangulares, del pecho hacia los hombros. Para esta ocasión las zapatillas debían ser  pintadas con albayalde, mucho después se inventaría el betún Griffin blanco.

            Todo era sencillo y “universal”. Fue en esa época que se pusieron de moda las zapatillas “reforzadas” para los varones. Todos debíamos tener las zapatillas azules que utilizábamos solamente para Educación Física. Para el fútbol usábamos zapatos de fútbol, esos que en Lima llaman “chimpunes”. En Lima, inclusive, se inventó un maletín para llevarlos que se denomina “chimpunera”. Yo lo uso como maletín para llevar al hombro (neceser) para cargar todas las cosas para andar con Andrea, mi nieta, cuando era pequeña. Aún ahora, cuándo tengo que llevar documentos o medicinas o cualquier otra cosa, lo llevo conmigo. Con la ventaja que tiene un bolsillo secreto donde cabe un sobre con toallitas húmedas, muy útiles todo el tiempo.

            Un problema verdaderamente serio lo constituye el ser el segundo hijo en una familia. Cuando a mi hermano mayor le quedaban chicas las zapatillas, le compraban un nuevo par y sus zapatillas gastadas pasaban a mi poder. Pero Raúl calzaba talla grande y mis pies siempre han sido pequeños, de modo que “mis” zapatillas siempre parecían que eran de otro porque no me quedaban. Para que tengan una idea, Raúl cuando era muchacho calzaba 39 y yo cuando fui soldado mis borceguíes eran talla 36.

            Luego vino el gobierno militar (12 años) y “para ayudar” a la economía de los peruanos inventó el “uniforme único”.

            Camisa (blusa) de popelina blanca y manga corta. Pantalón (falda) de polystel color “gris rata”, medias grises y zapatos de cuero negro, para completar el atuendo una chompa de cuello V de color gris. Dizque el pueblo se iba a beneficiar por el ahorro. Pero en la Selva trastornó la vida a todos: de usar nuestros uniformes acostumbrados pasamos a estos uniformes reglamentados y de tan elevado precio. El precio de la educación pública se puso por las nubes.

            En el Colegio  integraba el Equipo de Gimnasia en Aparatos y el Profesor nos hacía usar alpargatas blancas por el menor peso que las zapatillas azules y eran más uniformes, además que nos permitía hacer los saltos y las evoluciones con más agilidad y elegancia.

            En la década de los ochenta, salieron unas zapatillas de marca que los adolescentes lo usaban para pasear y presumir. Dos eran las marcas que predominaban: Pony y Reebok. Y mis hijas Luisa y Claudia escogieron una cada una.

            También en esa época las tarjetas de invitación a fiestas de Quince Años llevaba escrita la recomendación acerca de la vestimenta:

Varones: traje sport, no jeans ni zapatillas.

Damas: vestido de cualquier color menos rosado.

            En los noventa todo joven que quería jugar fulbito, ya nadie juega fútbol, debía tener unas Adidas, zapatillas que bordean los 100 soles.

            Y la zapatilla corriente se volvió el calzado obligado de los pobres que salían a trabajar de peones en toda la gran Lima. Lo usaban todo el tiempo, tanto para trabajar como para jugar un partidito de fulbito o para acudir a las fiestas.

            Muchas veces la zapatilla estaba rota.

            En Selecciones del Reader’s Digest leí en alguna oportunidad que una persona fue a Estados Unidos a visitar a su hermana. Su cuñado salía a trotar vestido de manera impresionante: todo su atuendo, polo, truza, medias, zapatillas y hasta la vincha eran de marca, muy inn. Habían regresado de correr y estaban en la puerta de su residencia cuando vieron pasar al trote a un joven con un polo de publicidad, truza de fútbol, medias comunes caídas, zapatillas viejas y en la cabeza un pañuelo a manera de vincha. Para el visitante, normal, pero su cuñado le dijo:

  • Si no tienes, ni deberías salir a correr.

            Era, en verdad todo un snob insufrible, además fijón y criticón, capaz de criticar a quien no tiene el estilo  que da el dinero.

            Pero hoy en día parece que la zapatilla, de inicios humildes, se ha convertido en el atuendo general: hombres y mujeres usan zapatillas para ir a todo sitio, sea un asunto oficial o no. Y los hay de todas las marcas, el asunto es de acuerdo a tus posibilidades.

            Los más inn pueden llevar Dolce &Gabbana que bordean los mil dólares.

            Es la locura en zapatillas.

Humildes zapatillas
Zapatillas de vestir

374 LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER

            Novela humorística y satírica de Mark Twain, seudónimo del célebre escritor Samuel Clemens.

            Mark Twain es también autor de obras  inmortales, tales como El Príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, pero es más conocido por su novela Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las Aventuras de Huckleberry Finn.

            Tom Sawyer es un chico travieso, aventurero y enamorador, con una imaginación muy activa que lo mete en muchos problemas. Aparentemente sus aventuras ocurren en un poblado a orillas del rio Mississippi (Estados Unidos).

            Es esta novela la que hizo mis delicias en mi niñez y, pese a su extensión, son dos secuencias las que recuerdo con mucho cariño porque pintan de cuerpo entero al personaje:

Uno

Pág 31.

La escuela dominical

Los tres niños marcharon a la escuela dominical, lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero a Sid y a Mary les gustaba.

Las horas de esa escuela eran de nueve a diez y media, y después seguía el oficio religioso. Dos de los niños se quedaban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otro siempre se quedaba también…, por razones más contundentes. Al llegar a la puerta, Tom se echó un paso atrás y abordó a un compinche también endomingado.

  • Oye, Bill, ¿tienes un vale amarillo?
  • Sí.
  • ¿Qué quieres por él?
  • ¿Qué me das?
  • Un cacho de regaliz y un anzuelo.
  • Enséñalos.

Tom los presentó. Eran aceptables, y las pertenencias cambiaron de mano. Después hizo el cambalache de un par de canicas por tres vales rojos, y de otras cosillas por dos azules. Salió al encuentro de otros muchachos, según iban llegando, y durante un cuarto de hora siguió comprando vales de diversos colores.

Entró en la iglesia, al fin, con un enjambre de chicos y chicas, limpios y ruidosos.

Pág. 32

Las lecciones de la escuela dominical

Llegó el momento de dar las lecciones y fueron saliendo trabajosamente del paso, y a cada uno se le recompensaba con vales azules, en los que estaban impresos pasajes de las Escrituras.

Cada vale azul era el precio de recitar dos versículos; diez vales azules equivalían a uno rojo, y podían cambiarse por uno de éstos; diez rojos equivalían a uno amarillo, y por diez vales amarillos el superintendente regalaba una Biblia, modestamente encuadernada (valía cuarenta centavos en aquellos tiempos felices), al alumno.

La entrega de uno de estos premios era un raro y notable acontecimiento.

El alumno premiado era un personaje tan glorioso y conspicuo por aquel día, que en el acto se encendía en el pecho de cada escolar una ardiente emulación, que solía durar un par de semanas. Es posible que el estómago mental de Tom nunca hubiera sentido verdadera hambre de uno de esos premios, pero no hay duda de que de mucho tiempo atrás había anhelado con toda su alma el éclat que traía consigo.

Pag. 33

El Superintendente

Al llegar el momento preciso el superintendente se colocó en pie frente al púlpito, teniendo en la mano un libro de himnos cerrado y el dedo índice inserto entre sus hojas, y reclamó silencio. Empezó de esta manera:

  • Ahora, niños os vais a estar sentados, todo lo derechitos y quietos que podáis, y me vais a escuchar con toda atención por dos minutos.

Pero todo ruido cesó de repente al extinguirse la voz de mister Walters, y el término del discurso fue recibido con una silenciosa explosión de gratitud.

Pág. 35

Los visitantes

Buena parte de los cuchicheos había sido originada por un acontecimiento más o menos raro: la entrada de visitantes. Eran estos el abogado Thatcher, acompañado por un anciano decrépito, un gallardo y personudo caballero de pelo gris, entrado en años, y una señora solemne, que era, sin duda, la esposa de aquél. La señora llevaba una niña de la mano.

Se dio a los visitantes el más encumbrado asiento de honor, y tan pronto como mister Walters terminó su discurso los presentó a la escuela. El caballero del pelo gris resultó ser un prodigioso personaje, nada menos que el juez del condado; sin duda el ser más augusto

en que los niños habían puesto nunca sus ojos. Aquél era el gran juez Thatcher, hermano del abogado de la localidad. El Superintendente y todos los funcionarios se pusieron a presumir.

Y cerniéndose sobre todo ello, el grande hombre seguía sentado, irradiaba una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la concurrencia y se calentaba al sol de su propia grandeza, pues estaba «presumiendo» también.

Pág. 37

El premio

Sólo una cosa faltaba para hacer el gozo de mister Walters completo, y era la ocasión de dar el premio de la Biblia y exhibir un fenómeno. Algunos escolares tenían vales amarillos, pero ninguno tenía los necesarios: ya había él investigado entre las estrellas de mayor magnitud.

Y entonces, cuando había muerto toda esperanza, Tom Sawyer se adelantó con nueve vales amarillos, nueve vales rojos y diez azules, y solicitó una Biblia. Fue un rayo cayendo de un cielo despejado. Walters no esperaba una petición semejante, de tal persona, en los próximos diez años. Pero no había que darle vueltas: allí estaban los vales y eran moneda legal. Tom fue elevado en el acto al sitio que ocupaban el juez y los demás elegidos, y la gran noticia fue proclamada desde el estrado. Era la más pasmosa sorpresa de la década; y tan honda sensación produjo, que levantó al héroe nuevo hasta la altura misma del héroe judicial.

El premio fue entregado a Tom con toda la efusión pero el superintendente se daba cuenta, instintivamente, de que había allí un misterio. Era simplemente absurdo pensar que aquel muchacho tenía almacenadas en su granero dos mil gavillas de sabiduría bíblica, cuando una docena bastarían, sin duda, para forzar y distender su capacidad.

El juez le puso la mano sobre la cabeza y le dijo que era un hombrecito de provecho, y le preguntó cómo se llamaba. El chico tartamudeó, abrió la boca, y lo echó fuera:

  • Tom.
  • No, Tom, no…; es….
  • Thomas.
  • Eso es. Ya pensé yo que debía de faltar algo. Bien está. Pero algo te llamarás además de eso, y me lo vas a decir, ¿no es verdad?
  • Dile a este caballero tu apellido, Thomas -dijo Walters-; y dile además «señor». No olvides las buenas maneras.
  • Thomas Sawyer, señor.
  • ¡Muy bien! Así hacen los chicos buenos. ¡Buen muchacho! ¡Un hombrecito de provecho! Dos mil versículos son muchos, muchísimos. Y nunca te arrepentirás del trabajo que te costó aprenderlos, pues el saber es lo que más vale en el mundo: tú serás algún día un hombre grande y virtuoso, Thomas, y entonces mirarás hacia atrás y has de decir: «Todo se lo debo a las ventajas de la inapreciable escuela dominical, en mi niñez; todo se lo debo al buen superintendente, que me alentó y se interesó por mí y me regaló una magnífica y lujosa Biblia para mí solo: ¡todo lo debo a haber sido bien educado!» Eso dirás, Thomas, y por todo el oro del mundo no darías esos dos mil versículos. No, no los darías. Y ahora ¿querrás decirnos a esta señora y a mí algo de lo que sabes? Ya sé que nos lo dirás, porque a nosotros nos enorgullecen los niños estudiosos. Seguramente sabes los nombres de los doce discípulos.
  • ¿No quieres decirnos cómo se llamaban los dos primeros que fueron elegidos?

Tom se estaba tirando de un botón, con aire borreguil. Se ruborizó y bajó los ojos: Mister Walters empezó a trasudar, diciéndose a sí mismo: «No es posible que el muchacho contestase a la menor pregunta… ¡En qué hora se le ha ocurrido al juez examinarlo.» Sin embargo, se creyó obligado a intervenir, y dijo:

  • Contesta a este señor, Thomas. No tengas miedo.

Tom continuó mudo.

  • Me lo va a decir a mí -dijo la señora-. Los nombres de los primeros discípulos fueron…
  • ¡David y Goliat!

Dejemos caer un velo compasivo sobre el resto de la escena.

Dos

Pág 177

CAPÍTULO XXII

Tom ingresó en la nueva Orden de los «Cadetes del Antialcoholismo», atraído por lo vistoso y decorativo de sus insignias y emblemas. Hizo promesa de no fumar, no masticar tabaco y no jurar en tanto que perteneciera a la Orden. Hizo en seguida un nuevo descubrimiento, a saber: que comprometerse a no hacer una cosa es el procedimiento más seguro para que se desee hacer precisamente aquello. Tom se sintió inmediatamente atormentado por el prurito de beber y jurar, y el deseo se hizo tan irresistible que sólo la  esperanza de que se ofreciera ocasión para exhibirse luciendo la banda roja evitó que abandonase la Orden.

El «Día de la Independencia» se acercaba, pero dejó de pensar en eso, lo dejó de lado cuando aún no hacía cuarenta y ocho horas que arrastraba el grillete, y fijó todas sus esperanzas en el juez de paz, el viejísimo Grazer, que al parecer estaba enfermo de muerte, y al que se harían grandes funerales por lo encumbrado de su posición. Durante tres días Tom estuvo preocupadísimo con la enfermedad del juez, pidiendo a cada instante noticias de su estado.

A veces subían tanto sus esperanzas, tan altas estaban, que llegaba a sacar las insignias y a entrenar frente al espejo. Pero el juez dio en conducirse con las más desanimadoras fluctuaciones. Al fin fue declarado fuera de peligro, y después, en franca convalecencia. Tom estaba indignado y además se sentía víctima de una ofensa personal. Presentó inmediatamente la dimisión, y aquella noche el juez tuvo una recaída y murió. Tom se juró que jamás se fiaría de un hombre como aquél.

El entierro fue estupendo. Los cadetes desfilaron con una pompa que parecía preparada intencionadamente para matar de envidia al dimisionario.

Tom había recobrado su libertad, en cambio, y eso ya era algo. Podía ya jurar y beber; pero, con gran sorpresa suya, notó que no tenía ganas de ninguna de las dos cosas. Sólo el hecho de que podía hacerlo le apagó el deseo y privó a aquellos placeres de todo encanto.

371 UNA CUESTIÓN DE GÉNERO

            El género es una característica de nuestro sistema lingüístico que corresponde generalmente a una cuestión de sexo. En el colegio, en clase de Castellano se incidía en que existe tres géneros: Masculino, femenino y ambiguo.

            Masculino: muchacho, perro, doctor.

            Femenino: muchacha, perra, doctora.

            Ambiguo: El agua, la agua, el hacha, la hacha.

            Pero en la actualidad las cosas se han complicado hasta el infinito y muchas veces no se sabe a ciencia cierta cómo decirlo bien.

            En una clasificación Morfológica, el género masculino es la forma no marcada o inclusiva: la frase “los alumnos de esta clase” haría referencia a alumnos de sexo masculino y también de sexo femenino; el género femenino es la forma marcada y por tanto resulta exclusiva o excluyente: la frase “las alumnas de esta clase” haría referencia solamente a las alumnas de género femenino.

            En una clasificación Semántica las palabras tienen género común, epiceno y ambiguo.

            Género común: los nombres que designan entes animados que tienen una sola terminación y diferente artículo. Ej. El violinista, la violinista, el espía, la espía, el dentista la dentista. Pertenecen a este grupo los participios activos derivados de tiempos verbales como presidente, estudiante, atacante o saliente. Pero existen excepciones históricas en profesiones donde las funciones laborales de los sexos biológicos solían variar, como sirviente, sirvienta.

            Genero epiceno: los nombres de animales que tienen un solo género gramatical para ambos sexos biológicos. Ej. El ratón macho, el ratón hembra, el cóndor macho, el cóndor hembra, la hormiga macho, la hormiga hembra.

            Género ambiguo: sustantivos que admiten indistintamente el artículo masculino o femenino. Ej. El mar, la mar, el calor, la calor, el puente, la puente.

            A propósito de los participios activos derivados de tiempos verbales, la Profesora de Instituto Superior de España, Mónica Seara, nos dice que «el del verbo ser es “ente”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación «ente».

            Así, al que preside, se le llama «presidente» y nunca «presidenta», independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción».

            Pero en la actualidad eso ha cambiado y si quien preside es mujer se le dice presidenta. Pero debe ser muy reciente el cambio porque la señora Mirtha Vásquez que preside el Congreso del Perú nos dice; «Acá todavía cuesta llamarme presidenta y algunos colegas prefieren decirme “coleguita”, “mi reina” o “presidente”».

            La Ingeniera Jiovanna Manríquez nos manifiesta lo siguiente:

            «La lengua española ha acogido femeninos como abogada, arquitecta, bióloga, candidata, catedrática, diputada, física, ginecóloga, ingeniera, licenciada, matemática, ministra, música, odontóloga, torera, etc.

            En cambio, otros sustantivos como fiscala, jueza, edila, soldada o médica han recibido desigual aceptación».

            En resumen, en materias gramaticales están ocurriendo tantos cambios que nos cuesta mucho conocerlos todos.

            Toda esta cuestión semántica viene al caso porque recordé una anécdota de mi juventud:

            La vecina René Pezo nos contaba que una persona de sexo femenino se había enfrentado a un ladrón en la esquina de la casa. Le pregunté:

  • Esa dama desconocida ¿era joven o ya mayor?
  • Era joven – respondió de inmediato para luego corregirse a sí misma.
  • Jóvena, era jóvena.

            Pertenecía René a ese grupo de personas que piensan que todo lo relacionado a la mujer debe terminar en a, aunque mujer o femenino no terminan precisamente en a, pero la vecina no era, en realidad, puntillosa en cuestiones gramaticales.

            Aun el Colegio de Ingenieros del Perú – CIPLIMA está convocando a actualizar nuestros datos, firma y sello con indicación expresa de género. Es decir que si eres colegiada mujer debes poner Ingeniera. Hasta no hace mucho, todos, hombres y mujeres, éramos Ingenieros.

Mónica Seara
Ingeniera Jiovanna Manríquez

368 EN LAS ARENAS DE DUNKERQUE

            En el centro de reclutas del Ejército, II CIR (Centro de Instrucción de Reclutas), luego de la lista de Revista a las ocho de la mañana, cada sección se dirigía al campo en la campiña de Chorrillos para recibir instrucción de orden cerrado: marchar al paso redoblado, paso de desfile y paso sin compás, maniobras cuerpo a tierra, castigo mecánico, ranas, canguros, tornillos, planchas, siempre con el fusil de dotación en la mano. Cada día teníamos una ronda de ejercicios físicos de acuerdo al reglamento.

            A las diez de la mañana, con el arma terciada, emprendíamos la marcha al paso ligero durante una hora. Para hacerla más extensa salíamos a la pista.

            Este ejercicio que puede parecer agotador, servía para fortalecer los pulmones, las piernas y el corazón. En tres meses subí de mis escuálidos 48 kilos a 70 y aumenté 7 centímetros mi estatura. Llegué a medir 1 metro setenta y cinco centímetros.

            El capitán de la compañía nos animaba siempre diciéndonos que próximamente haríamos el recorrido Chorrillos – Lima, son diez kilómetros solamente. “Papaya” decíamos los jóvenes.

            Pero en realidad, el entrenamiento era agobiador. Hacíamos los ejercicios hasta casi caernos de cansancio. Y siempre debíamos estar dispuestos para otra ronda más.

            Cada Compañía estaba a cargo de un teniente, el nuestro era el teniente Luis Peirano Figueroa. Cada sección estaba a cargo de un clase, cabo o sargento, o de un “soldado antiguo”. Se les decía mi teniente, mi sargento, mi cabo o mi antiguo.

            En una competencia de tiro fui el número 1 y como premio me dieron un fusil ametrallador ZB30 de 10 kilos de peso, como arma de dotación. Todos los demás tenían el fusil corto original peruano de 3.5 kilos. Mientras ellos corrían con su fusil, yo corría con mi ZB 30. ¿No era para estar feliz?

            En cierta oportunidad en que parecíamos estar cansados, en verdad estábamos muy cansados, un sargento nos mostró una novela que estaba leyendo En las arenas de Dunkerque. Era un ejemplar de bolsillo. Me figuro que muchos libros deben haberse escrito sobre la Operación Dinamo.

            La operación Dinamo fue realizada en mayo de 1940 para evacuar a 150,000 militares británicos de suelo francés, luego que Francia perdiera la guerra frente a la Alemania Nazi. El lugar para la evacuación fue la extensa playa de Dunkerque. Las expectativas fueron superadas, en solo 6 días fueron evacuados 338,872 combatientes (215,787 británicos y 123, 095 belgas y franceses).

            La otra  gran retirada exitosa de la Historia ocurrió en el 401 a. C, narrada por Jenofonte en su célebre Retirada de los diez mil o La Anábasis.

            Nos contaba el sargento que en Gran Bretaña había un sargento que entrenaba a su tropa con esfuerzos extremos hasta caerse de cansancio. Todos los soldados lo odiaban, pero eran la tropa mejor preparada para cualquier eventualidad. Formando parte del contingente que viajó a Francia para defenderla de la Alemania Nazi, recibieron de pronto la orden de retirarse por cualquier medio posible hasta la playa de Dunkerque desde donde serían embarcados para volver a suelo inglés.

            El sargento ordenó a su tropa aligerar equipo y emprender la marcha al paso ligero para recorrer los 60 kilómetros que los separaba de Dunkerque. Llegaron  entre los primeros y con total tranquilidad, antes que empezara el bombardeo sistemático de la Luftwaffe nazi. Allí los soldados supieron el valor del exigente entrenamiento a que los sometió su jefe y gracias a eso pudieron salvar la vida.

            Bueno, más motivados que nunca, seguíamos nuestro entrenamiento sabiendo que algún día podía salvarnos la vida.

            Debo añadir que nunca encontré la novela que nos mostró el sargento, en cambio, encontré Las arenas de Dunkerque de Richard Collier y he visto la película británico-estadounidense Dunkerque de Christopher Nolan, pero no hay ninguna referencia al caso mencionado. Pero que sí nos motivó y eso, para nosotros, fue suficiente.

Dunkerque

364 EL HABLA DE MI TIERRA

            Existen vocablos que son emblemáticos en la selva peruana, sobre todo en Iquitos, donde se reunían personas que recorrieron el mundo para su formación profesional, porque era más fácil y mucho más seguro, embarcarse en un transatlántico para irse a estudiar en Londres, Madrid, Paris o Roma, que atravesar los Andes en un viaje peligroso y agotador a lomo de mula.

            Mucha gente culta existía entonces en Iquitos y tales personas ocupaban los principales cargos políticos y pertenecían a la clase social más elevada.

            Pero el habla de mi tierra ha incorporado vocablos de diferentes lenguas que han cruzado nuestro territorio y nuestra vida y se expresan mayormente en frases compuestas.

            La palabra que más viene a mi mente es sacha. Si bien en el quechua de Apurímac tiene un significado de silvestre, no cultivado, en Loreto se dice de lo que no es el verdadero, como por ejemplo el sacha culantro que es una planta parecida al culantro y con idénticos usos comestibles, pero no es culantro. El término sacha con el significado que no es el verdadero se aplica en sobrenombres como sacha cura. Posiblemente la persona tiene tonsura  en la cabeza o por lo menos, actitudes de cura pero no es cura.

            Dicen sacha pintor a alguien que se las de artista pero no tiene las mínimas cualidades de tal.

            El lugar más emblemático en Iquitos es el Sacha chorro del cual hoy solamente queda el Mercado del Sacha Chorro.

            A un profesor que vivía en la calle Ricardo Palma, cercano a la calle Tacna, le decían Tacsha leva por su corta estatura y el pantalón que se le arrastraba.

            A un profesor que tenía manchas en la cara, mi tía Manuela decía que era sucia huya.

            A las personas con el vientre abultado, de todas maneras se les dice buchisapas. A quienes para San Juan ingresan en huerto cerrado se les denomina huallpasua, ladrones de gallina.

            Mi cuñada Dolores Alva Rivera cuando el cerco estaba mal amarrado decía que eso no es cerco sino cercho. Este es un modo de expresar que vino del otro lado del “charco”. El Rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, dijo refiriéndose a su libro Niebla, que no es propiamente una novela sino apenas una nivola. Quizás quiso dársela de humilde, que no lo era. Pero cuando un crítico le dio la razón diciendo que efectivamente  no es una novela de verdad, se puso más bravo que un doberman y replicó:

  • Zamarro, más que zamarro, Niebla es una novela y bien novela.

            Para qué quiso dársela de humilde cuando no le salía ni por el forro de los botones.

            Cuando un niño tenía dificultades para hablar bien, mi esposa, Judith, decía que tenía lengua Quillu callu (coloquialmente lengua de loro, que no sabe hablar bien).

            En Requena vivía un señor que andaba siempre con el pantalón bajado, mismo Cantinflas y en vez de cinturón se los amarraba con una soga. Mi suegra, Natividad Rivera Pérez, le decía suru huara. Y cuando alguno de su familia andaba con los pantalones que se bajaban le gritaba viejo Sinacay. Esto era una llamada de atención muy fuerte y debían corregirse de inmediato.

            Desde mi más tierna infancia escuché decir una frase destinada a desanimar a alguien que está molestando demasiado o que cree saber mucho, como si fuera el non plus ultra: “Anda así a freír monos en sartén de palo”. Solamente en Loreto se entiende y se le utiliza.

            La frase más recurrente en el habla loretana es valgan diá. Apócope del castizo “Válgame Dios”.

            El padre Julián Regalado nos contó que cuando la madre Iberico, monja loretana y compañera de colegio de mi esposa, cuando puso el pie por primera vez en Huaraz, mirando el Huascarán dijo con emoción “¡Bruto ese cerrazo!”. Un paisano dijo que había cazado un sajino asisote. Otro manifestó que las hormigas son asicitas pero muerden duro.

            Es frecuente que algunas personas no desean hacer notar su amplio conocimiento en temas amazónicos para que no vayan a pensar que son nativos del lugar, en vez de sentirse orgullosos de ese conocimiento. Es proverbial el chiste muy antiguo que se cuenta en Iquitos sobre una dama que regresó de visitar Lima y se expresa en el torpe lenguaje limeño. Caminando  por el Mercado Belén se encontró con una vendedora que tenía pescados en una bandeja, bien frescos, y ella llena de “frescura” pregunta:

  • ¿Qué pecaíto es ete?

            Al parecer, o era o se hacía la tonta, acercó demasiado su dedo a la boca del pescado y este le mordió y ella chilló:

  • Ayáu, maldita paña.

            Con lo cual quedó develado que la dama en cuestión era oriunda de Iquitos por más que haya deseado pasar por limeña.

            En el primer año de universidad, 1964, Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP), fuimos de visita a la Piscicultura en la primera cuadra de la calle Ramírez Hurtado (Hoy todas las especies están en Quisto Cocha) y había muchas especies de peces disecados. Para ayudarme en el reconocimiento de las especies le pregunté a una compañera oriunda del barrio de Belén, de apariencia totalmente ribereña, pero me dijo que no lo sabía. Quedé sorprendido, pero le pregunté a Guayaba “El popularísimo” y él al punto me explicó todas las especies. Bagre (cunchi), Boquichico, Bujurqui, Canero, Carachama, Chambira, Corvina, Dentón, Doncella, Dorado, Fasaco, Gamitana, Lisa, Maparate, Mota, Paco, Paiche, Palometa, Paña, Sábalo, Ractacara, Saltón, Sardina, Shiripira, Shiruy, Tucunaré, Turushuqui, Yahuarachi, Yulilla, Zúngaro. Al ver esto, nuestra compañera se animó y comenzó a mencionar los nombres en franca competencia con Guayaba, demostrando que lo sabía todo pero había querido aparentar que no.

            Es también muy empleada la sorna, el sarcasmo con el que nos expresamos los loretanos como una manera de “vengarnos” de las malas autoridades. Después de muchos años volví a Iquitos y fui de visita a la casa de mi hermana Mary Wilma y le pregunté a su esposo, Sergio:

  • Viniendo del aeropuerto he visto varios tanques elevados de agua que tienen inscritas las  siglas R1, R2, R3, etc. ¿Qué significan esas siglas?
  • Ah, eso es Roba 1, Roba 2, Roba 3.
Paña

363 EXTRACTOS DE EVA LUNA PARTE 2

            Es una continuación del relato anterior.

            Pág. 37

            La mulata pasó tres meses sin fumar ni beber para ahorrar unas monedas y el día señalado me compró un vestido de organza color fresa, puso un lazo en los cuatro pelos miserables que coronaban mi cabeza, me roció con su agua de rosas y me llevó en brazos a la iglesia. Tengo una foto de mi bautizo, me veo como un alegre paquete de cumpleaños.    Como no le quedaba dinero, cambió el servicio por un aseo completo del templo, desde barrer los pisos hasta limpiar los ornamentos con creta y pasar cera a los bancos de madera. Así es como fui bautizada con toda pompa y ceremonia, como niña rica.

  • De no ser por mí, todavía estarías mora. Los inocentes que mueren sin sacramento se van al limbo y de ahí no salen más – me recordaba siempre mi Madrina. Otra en mi lugar te habría vendido. Es fácil colocar a las muchachas de ojos claros, dicen que los gringos las compran y se las llevan a su país, pero yo le hice una promesa a tu madre y si no la cumplo me voy a cocinar en las cacerolas del infierno.

            Pág. 38

            La fe de mi pobre Madrina era inconmovible y ninguna desgracia posterior pudo abatirla. Hace poco, cuando vino por aquí el Papa, conseguí autorización para sacarla del sanatorio, porque habría sido una lástima que se perdiera al Pontífice con su hábito blanco y su cruz de oro, predicando sus convicciones indemostrables, en perfecto español o en dialecto de indios, según fuera la ocasión. Al verlo avanzar en su acuario de vidrio blindado por las calles recién pintadas, entre flores, vítores, banderines y guardaespaldas, mi Madrina, ya muy anciana, cayó de rodillas, persuadida de que el Profeta Elías andaba en viaje de turismo. Temí que la muchedumbre la aplastara y quise llevármela de allí, pero ella no se movió hasta que le compré un pelo del Papa como reliquia. En esos días mucha gente se volvió buena, algunos prometieron perdonar las deudas y no mencionar la lucha de clases o los anticonceptivos para no dar motivos de tristeza al Santo Padre, pero la verdad es que yo no me entusiasmé con el insigne visitante, porque no guardaba buenos recuerdos de la religión.

            Un domingo de mi niñez la Madrina me llevó a la parroquia y me arrodilló en una cabina de madera con cortinas, yo tenía los dedos torpes y no podía cruzarlos como me había enseñado. A través de una rejilla me llegó un aliento fuerte, dime tus pecados, me ordenó y al punto se me olvidaron todos los que había inventado, no supe qué responder, apurada traté de pensar en alguno, aunque fuera venial, pero ni el más insignificante acudió a mi mente.

  • ¿Te tocas el cuerpo con las manos?
  • Sí…
  • ¿A menudo, hija?
  • Todos los días.
  • ¡Todos los días! ¿Cuántas veces?
  • No llevo la cuenta… muchas veces…
  • ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios!
  • No sabía, padre. ¿Y si me pongo guantes, también es pecado?
  • ¡Guantes! ¡Pero qué dices, insensata! ¿Te burlas de mí?
  • No, no… – murmuré aterrada, calculando que de todos modos sería bien difícil lavarme la cara, cepillarme los dientes o rascarme con guantes.
  • Promete que no volverás a hacer eso. La pureza y la inocencia son las mejores virtudes de una niña. Rezarás quinientas Ave Marías de penitencia para que Dios te perdone.
  • No puedo, padre – contesté porque sabía contar sólo hasta veinte.
  • ¡Cómo que no puedes! – rugió el sacerdote y una lluvia de saliva atravesó el confesionario y me cayó encima.

            Salí corriendo, pero la Madrina me cogió al vuelo y me retuvo por una oreja mientras hablaba con el cura sobre la conveniencia de ponerme a trabajar, antes que se me torciera aún más el carácter y se me acabara de ofuscar el alma.

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            Después de la muerte de mi madre, llegó la hora del Profesor Jones. Murió de vejez, desilusionado del mundo y de su propia sabiduría, pero juraría que murió en paz. Ante la imposibilidad de embalsamarse a sí mismo y permanecer dignamente entre sus muebles ingleses y sus libros, dejó instrucciones en el testamento para que sus restos fueran enviados a su distante ciudad natal, porque no deseaba terminar en el cementerio local, cubierto de polvo ajeno, bajo un sol inclemente y en promiscuidad con vaya uno a saber qué clase de gentuza, como decía.

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            Al desaparecer el patrón, el mundo donde yo había vivido se desmoronó. El pastor realizó el inventario de los bienes y dispuso de ellos, partiendo de la base de que el sabio había perdido el juicio en los últimos tiempos y no estaba en capacidad de tomar decisiones. Todo fue a parar a su iglesia, menos el puma del cual no quise despedirme, porque lo había cabalgado desde mi primera infancia y de tanto decirle al enfermo que se trataba de un perro terminé creyéndolo.

            Cuando los cargadores intentaron colocarlo en el camión de la mudanza, armé una pataleta aparatosa, y al verme echar espuma por la boca y lanzar alaridos, el presbítero prefirió ceder. Supongo que tampoco el animal era de alguna utilidad para alguien, de modo que pude guardarlo.

            El pastor despidió a los empleados y cerró la casa. Así fue como salí del lugar donde había nacido, cargando al puma por las patas de atrás, mientras mi Madrina lo llevaba por las delanteras.

  • Ya estás crecida y no puedo mantenerte. Ahora vas a trabajar, para ganarte la vida y hacerte fuerte, como debe ser – dijo la Madrina. Yo tenía siete años.

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            Se abrió la puerta y entró la dueña de la casa, una mujer pequeña, con un complejo peinado de rodetes y rizos acartonados, vestida de luto riguroso y con un relicario grande y dorado como una medalla de embajador colgado al cuello.

  • Acércate para mirarte, me ordenó.

            Pero yo estaba clavada al piso, no pude moverme y la Madrina tuvo que empujarme hacia delante para que la patrona me examinara: el cuero cabelludo por si tenía piojos, las uñas en busca de las líneas transversales propias de los epilépticos, los dientes, las orejas, la piel, la firmeza de brazos y piernas.

  • ¿Tiene gusanos?
  • No doña, está limpia por dentro y por fuera.
  • Está flaca.
  • Desde hace un tiempo le falla el apetito, pero no se preocupe, es animosa para el trabajo. Ella aprende fácil, tiene buen juicio.
  • ¿Es llorona?
  • No lloró ni cuando enterramos a su madre, que en paz descanse.
  • Se quedará a prueba por un mes, determinó la patrona y salió sin despedirse.

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            Después del primer mes a prueba, me explicaron que debía trabajar más, porque ahora ganaba un sueldo. Nunca lo vi, lo cobraba mi Madrina cada quince días.

            Cuando la patrona me lavó la boca con bicarbonato para quitarme el hábito de mascullar entre dientes, dejé de hablar con mi madre en voz alta pero seguí haciéndolo en secreto. Había mucho que hacer, esa casa parecía una maldita carabela encallada, a pesar de la escoba y el cepillo, nunca se terminaba de limpiar esa floración imprecisa que avanzaba por los muros. La comida no era variada ni abundante, pero Elvira escondía las sobras de los amos y me las daba al desayuno, porque había escuchado por la radio que es bueno empezar la jornada con el estómago repleto – para que te aproveche en los sesos y algún día seas instruida, pajarito – me decía.

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            Durante la siesta, cuando el silencio y la quietud se adueñaban de la casa, yo abandonaba mis tareas para ir al comedor, donde colgaba un gran cuadro de marco dorado, ventana abierta a un horizonte marino, olas, rocas, cielo brumoso y gaviotas.

            Me quedaba de pie, con las manos en la espalda y los ojos clavados en ese irresistible paisaje de agua, la cabeza perdida en viajes infinitos, en sirenas, delfines y mantarrayas que alguna vez surgieron de la fantasía de mi madre o de los libros del Profesor Jones. Entre tantos cuentos que ella me contó, yo prefería aquellos donde figuraba el mar, porque me incitaban a soñar con islas remotas, vastas ciudades sumergidas, caminos oceánicos para la navegación de los peces. Estoy segura de que tenemos un antepasado marinero, sugería mi madre cada vez que yo le pedía otra de esas historias y así nació por fin la leyenda del abuelo holandés. Ante ese cuadro, y o recuperaba la emoción de antaño, cuando me instalaba junto a ella para oírla hablar o cuando la acompañaba en los trajines de la casa, siempre cerca para oler su aroma tenue de trapo, lejía y almidón.

  • ¡Qué haces aquí! – me zarandeaba la patrona si me descubría. ¿No tienes nada que hacer? ¡Este cuadro no es para ti!

            Me acuerdo muy bien, era un día lluvioso, había un olor raro, a melones podridos, orines de los gatos y un vaho caliente que venía de la calle, un olor que llenaba la casa, tan fuerte que se podía agarrar con los dedos. Yo estaba en el comedor viajando por mar. No escuché los pasos de mi patrona y al sentir su garra en el cuello, la sorpresa me devolvió de muy lejos en un instante, paralizándome en la incertidumbre de no saber dónde me encontraba.

  • ¿Otra vez aquí? ¡Anda a hacer tu trabajo! ¿Para qué crees que te pago?
  • Ya terminé, doñita…

            La patrona tomó el jarrón del aparador y le dio vuelta desparramando al suelo el agua sucia y las flores ya marchitas.

  • Limpia – me ordenó.

            Desaparecieron el mar, las rocas envueltas en bruma, la roja trenza de mis nostalgias, los muebles del comedor y sólo vi aquellas flores sobre las baldosas, inflándose, moviéndose, cobrando vida, y esa mujer con su torre de rizos y el medallón al cuello. Un no monumental me creció por dentro, ahogándome, lo sentí brotar en un grito profundo y lo vi estrellarse contra el rostro empolvado de la patrona. No me dolió su bofetón en la mejilla, porque mucho antes la rabia me había ocupado por completo y ya llevaba el impulso de saltarle encima, lanzarla al suelo, arañarle la cara, agarrarla del cabello y tirar con todas mis fuerzas. Y entonces cedió el rodete, se desmoronaron los rizos, se desprendió el moño y toda esa masa de cabellos ásperos quedó en mis manos como un zorrillo agonizante.

            Aterrorizada, comprendí que le había arrancado el cuero cabelludo. Salí disparada, crucé la casa, atravesé el jardín sin saber dónde ponía los pies y me lancé a la calle. En pocos instantes la lluvia tibia del verano me empapó, y cuando me vi toda mojada me detuve. Me sacudí de las manos el peludo trofeo y lo dejé caer al borde de la acera, donde el agua de la alcantarilla lo arrastró navegando con la basura. Me quedé varios minutos observando ese naufragio de pelos que se iba tristemente sin rumbo, convencida de que había llegado al límite de mi destino, segura de que no tendría donde esconderme después del crimen cometido. Dejé atrás las calles del vecindario, pasé el sitio del mercado de los jueves, abandoné la zona residencial de las casas cerradas a la hora de la siesta y seguí caminando.

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            Me senté al borde de la pileta a mirar los peces de colores y los nenúfares agobiados por el clima.

  • ¿Qué te pasa? – Era un muchacho de ojos oscuros, vestido con un pantalón de dril y una camisa muy grande para él.
  • Me van a meter presa.
  • ¿Cuántos años tienes?
  • Nueve, más o menos.
  • Entonces no tienes derecho a ir a la cárcel. Eres menor de edad.
  • Le arranqué el pellejo de la cabeza a mi patrona.
  • ¿Cómo?
  • De un tirón.

            Se instaló a mi lado observándome de reojo y escarbándose la mugre de las uñas con un cortaplumas.

  • Me llamo Huberto Naranjo, ¿y tú?
  • Eva Luna. ¿Quieres ser mi amigo?
  • Yo no ando con mujeres.

            Pero se quedó y hasta tarde estuvimos mostrándonos cicatrices, intercambiando confidencias, conociéndonos, iniciando así la larga relación que nos conduciría después por los caminos de la amistad y el amor.