362 EXTRACTOS DE EVA LUNA PARTE 1

            Esta obra nos introduce en el realismo mágico de la autora, camino que ya habían seguido Vargas Llosa y García Márquez. Aquí la imaginación de Isabel Allende  nos relaciona de manera brutal con el mundo del mestizaje y de las injusticias sociales que ocurren en nuestro mundo americano.

            Para mí, La Casa de los Espíritus fue una lección de historia, de una historia que nos tocó de cerca, pues conocimos a muchos de sus personajes. Pero fue, en realidad una carta que ella escribió a su abuela Clara. Cuando se dio cuenta que en realidad había escrito una novela se lo informó tímidamente a su familia y fue su hija Paula quien decidió el nombre de la obra.

            Paula es una carta que Isabel Allende escribe a su hija Paula para que cuando despierte del coma y no recuerde nada ni a nadie, se pueda enterar de lo acontecido. Paula nunca despertó del coma.

            Esto no es un resumen sino una copia de los párrafos que me han importado y que pueden servir de guía a quienes aman este tipo de novelas.

EVA LUNA

            Pág. 6

            Procedieron a educarla sin buscar explicaciones sobre su origen y sin muchos aspavientos, seguros de que si la Divina Providencia la había conservado con vida hasta que ellos la encontraron, también velaría por su integridad física y espiritual, o en el peor de los casos se la llevaría al cielo junto a otros inocentes. Consuelo creció sin lugar fijo en la estricta jerarquía de la Misión. No era exactamente una sirvienta, no tenía el mismo rango que los indios de la escuela y cuando preguntó cuál de los curas era su papá, recibió un bofetón por insolente.

            Pág. 10

            Dios era una presencia totalitaria. Aparte de las monjas y un par de sirvientes, en el vasto edificio de adobe y tejas vivían sólo dieciséis muchachas, la mayoría huérfanas o abandonadas, que aprendían a usar zapatos, comer con tenedor y dominar algunos oficios domésticos elementales, para que más tarde se emplearan en humildes labores de servicio, pues no se suponía que tuvieran capacidad para otra cosa. Su aspecto distinguía a Consuelo entre las demás y las monjas, convencidas de que aquello no era casual sino más bien un signo de buena voluntad divina, se esmeraron en cultivar su fe en la esperanza de que decidiera tomar los hábitos y servir a la Iglesia, pero todos sus esfuerzos se estrellaron contra el rechazo instintivo de la chiquilla. Ella lo intentó con buena disposición, pero nunca logró aceptar ese dios tiránico que le predicaban las religiosas, prefería una deidad más alegre, maternal y compasiva.

  • Esa es la Santísima Virgen María —le explicaron.
  • ¿Ella es Dios?
  • No, es la madre de Dios.
  • Sí, pero ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?
  • Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine – le aconsejaban.

            Pág. 15

            Con el fallecimiento del anciano caudillo y el fin de aquella larga dictadura, el Profesor Jones estuvo a punto de embarcarse de vuelta a Europa, convencido – como muchas otras personas – de que el país se hundiría irremisiblemente en el caos. Por su parte, los Ministros de Estado, aterrados ante la posibilidad de un alzamiento popular, se reunieron a toda prisa y alguien propuso llamar al doctor, pensando que si el cadáver del Cid Campeador atado a su corcel pudo dar batalla a los moros, no había razón para que el del Presidente Vitalicio no siguiera gobernando embalsamado en su sillón de tirano. El sabio se presentó acompañado por Consuelo, quien le llevaba el maletín y observaba impasible las casas de techos rojos, los tranvías, los hombres con sombrero de pajilla y zapatos de dos colores, la singular mezcla de lujo y desparramo del Palacio.

  • ¿Es cierto que usted puede conservar a los muertos, doctor? —preguntó un hombre grueso con unos bigotes similares a los del dictador.
  • Mmm…
  • Entonces le aconsejo que no lo haga, porque ahora me toca gobernar a mí, que soy su hermano, del mismo cuño y de la misma sangre —lo amenazó el otro mostrando un trabuco formidable metido en su cinturón.

            El Ministro de la Guerra apareció en ese instante y tomando al científico por un brazo lo llevó aparte para hablarle a solas.

  • No estará pensando embalsamarnos al Presidente…
  • Mmm…
  • Más le vale no meterse en esto, porque ahora me toca mandar a mí, que tengo al Ejército en un puño.

            Desconcertado, el Profesor salió del Palacio seguido por Consuelo. Nunca supo quién ni por qué lo llamó. Se fue mascullando que no había forma de entender a estos pueblos tropicales y lo mejor sería regresar a su querida ciudad de origen, donde funcionaban las leyes de la lógica y de la urbanidad y de donde jamás debió salir.

            Pág. 19

            Respiró profundamente y con un último gemido sintió que algo se rompía en el centro de su cuerpo y una masa ajena se deslizaba entre sus muslos. Un tremendo alivio la conmovió hasta el alma. Allí estaba yo envuelta en una cuerda azul, que ella separó con cuidado de mi cuello, para ayudarme a vivir. En ese instante se abrió la puerta y entró la cocinera, quien al notar su ausencia adivinó lo que ocurría y acudió a socorrerla. La encontró desnuda conmigo recostada sobre su vientre, todavía unida a ella por un lazo palpitante.

  • Mala cosa, es hembra – dijo la improvisada comadrona cuando hubo anudado y cortado el cordón umbilical y me tuvo en sus manos.
  • Nació de pie, es signo de buena suerte – sonrió, mi madre apenas pudo hablar.
  • Parece fuerte y es gritona. Si usted quiere, puedo ser la madrina.
  • No he pensado bautizarla – replicó Consuelo pero al ver que la otra se persignaba escandalizada no quiso ofenderla. Está bien, un poco de agua bendita no le puede hacer mal y quién sabe si hasta sea de algún provecho. Se llamará Eva para que tenga ganas de vivir.
  • ¿Qué apellido?
  • Ninguno, el apellido no es importante.
  • Los humanos necesitan apellido. Sólo los perros pueden andar por allí con el puro nombre.
  • Su padre pertenecía a la tribu de los hijos de la luna. Que sea Eva Luna, entonces.

            Pág. 20

            Mi madre era una persona silenciosa, capaz de disimularse entre los muebles, de perderse en el dibujo de la alfombra, de no hacer el menor alboroto, como si no existiera; sin embargo, en la intimidad de la habitación que compartíamos se transformaba.         Comenzaba a hablar del pasado o a narrar sus cuentos y el cuarto se llenaba de luz, desaparecían los muros para dar paso a increíbles paisajes, palacios abarrotados de objetos nunca vistos, países lejanos inventados por ella o sacados de la biblioteca del patrón; colocaba a mis pies todos los tesoros de Oriente, la luna y más allá, me reducía al tamaño de una hormiga para sentir el universo desde la pequeñez, me ponía alas para verlo desde el firmamento, me daba una cola de pez para conocer el fondo del mar. Cuando ella contaba, el mundo se poblaba de personajes, algunos de los cuales llegaron a ser tan familiares, que todavía hoy, tantos años después, puedo describir sus ropas y el tono de sus voces.

            Pág. 21

            Rara vez salíamos a la calle. Una de las pocas ocasiones en que lo hicimos fue para la procesión de la sequía, cuando hasta los ateos se dispusieron a rezar, porque fue un evento social, más que un acto de fe. Dicen que el país llevaba tres años sin una gota de lluvia, la tierra se partió en grietas sedientas; murió la vegetación, perecieron los animales con los morros enterrados en el polvo y los habitantes de los llanos caminaron hasta la costa para venderse como esclavos a cambio de agua. Ante el desastre nacional, el Obispo decidió sacar a la calle la imagen del Nazareno para implorar el fin de ese castigo divino y como era la última esperanza todos acudimos, ricos y pobres, viejos y jóvenes, creyentes y agnósticos.

  • ¡Bárbaros, indios, negros salvajes! – escupió furioso el Profesor Jones cuando lo supo, pero no pudo evitar que sus sirvientes se vistieran con sus mejores ropas y fueran a la procesión.

            La multitud con el Nazareno por delante partió de la Catedral, pero no alcanzó a llegar a la oficina de la Compañía de Agua Potable, porque a medio camino se desató un chaparrón incontenible.

            Antes de cuarenta y ocho horas la ciudad estaba convertida en un lago, se taparon las alcantarillas, se anegaron los caminos, se inundaron las mansiones, el torrente se llevó los ranchos y en un pueblo de la costa llovieron peces.

  • Milagro, milagro – clamaba el Obispo.

            Nosotros coreábamos sin saber que la procesión se organizó después que el Meteorológico anunciara tifones y lluvias torrenciales en toda la zona del Caribe, como denunciaba Jones desde su sillón de hemipléjico.

            Pág. 22

            Este prodigio logró lo que no habían conseguido los frailes de la Misión ni las Hermanitas de la Caridad: mi madre se acercó a Dios porque lo visualizó sentado en su trono celestial burlándose suavemente de la humanidad y pensó que debía ser muy diferente al temible patriarca de los libros de religión. Tal vez una manifestación de su sentido del humor consistía en mantenernos confundidos, sin revelarnos jamás sus planes y propósitos. Cada vez que recordábamos el diluvio milagroso, nos moríamos de la risa.

            Pág. 35

            Para no asustarme, se murió sin miedo. Tal vez la astilla de pollo le desgarró algo fundamental y se desangró por dentro, no lo sé. Cuando comprendió que se le iba la vida, se encerró conmigo en nuestro cuarto del patio, para estar juntas hasta el final. Lentamente, para no apresurar la muerte, se lavó con agua y jabón para desprenderse del olor a almizcle que comenzaba a molestarla, peinó su larga trenza, se vistió con una enagua blanca que había cosido en las horas de la siesta y se acostó en el mismo jergón donde me concibió con un indio envenenado. Aunque no entendí en ese momento el significado de aquella ceremonia, la observé con tanta atención, que aún recuerdo cada uno de sus gestos.

  • La muerte no existe, hija. La gente sólo se muere cuando la olvidan – me explicó mi madre poco antes de partir. Si puedes recordarme, siempre estaré contigo.
  • Me acordaré de ti – le prometí.
  • Ahora, anda a llamar a tu Madrina.

            Fui a buscar a la cocinera, esa mulata grande que me ayudó a nacer y a su debido tiempo me llevó a la pila del bautismo.

  • Cuídeme a la muchachita, comadre. A usted se la encargo – le pidió mi madre limpiándose discretamente el hilo de sangre que le corría por el mentón.

            Luego me tomó de la mano y con los ojos me fue diciendo cuánto me quería, hasta que la mirada se le tornó de niebla y la vida se le desprendió sin ruido.

  • Todo el mundo se muere, no es nada tan importante – dijo mi Madrina cortándole el cabello de tres tijeretazos, con la idea de venderlo más tarde en una tienda de pelucas. Vamos a sacarla de aquí antes de que el patrón la descubra y me haga llevarla al laboratorio.

            Pág. 36

            Me sonrió en el instante en que se extinguía el chispazo incierto del fósforo; después sentí que se inclinaba en la oscuridad, me cogía en sus gruesos brazos, me acomodaba en su regazo y empezaba a mecerme, arrullándome con un suave lamento africano para hacerme dormir.

  • Si fueras hombre, irías a la escuela y después a estudiar para abogado y asegurar el pan de mi vejez. Los picapleitos son los que más ganan, saben enredar las cosas. A río revuelto, ganancia para ellos – decía mi Madrina.

            Sostenía que es mejor ser varón porque hasta el más mísero tiene su propia mujer a quien mandar, y años más tarde llegué a la conclusión de que tal vez tenía razón, aunque todavía no logro imaginarme a mí misma dentro de un cuerpo masculino, con pelos en la cara, con la tentación de mandar y con algo incontrolable bajo el ombligo, que, para ser bien franca, no sabría muy bien donde colocar.

361 EL SUEÑO DE LA TIENDA PROPIA

                        Desde que mi amada esposa prefirió dedicarse al negocio, renunciando a la Dirección del Centro Educativo Nº 1119 en La Victoria, solamente vivía pensando en poner una cevichería.

            Por donde quiera que andaba, si había una tienda en alquiler, se interesaba, preguntaba por el arriendo,  las características del local y su posible ubicación como probable tienda para vender ceviche y demás cosas relacionadas.

            Averiguó las obligaciones tributarias de la Sunat, de la municipalidad a que corresponde y del Ministerio de Salud: Sabía todo lo que tenía que saber para poner una cevichería. Menos el negocio del ceviche.

            Cuando nuestra amiga, paisana y colega Maestra Nora Acheng puso su cevichería en Lince, fuimos a ver su funcionamiento, nos enteramos los arrestos que necesitó nuestra amiga para al fin  lograr ese hito histórico.

            Todo parecía andar bien, pero a los tres meses Nora cerró su local. Dijo que era muy matador, tenía que levantarse a las cinco de la mañana para ir al Terminal pesquero para conseguir las especies frescas para surtir su tienda, que los cocineros (en aquel entonces no existía el uso generalizado de la palabra chef) tienen su sindicato que regula las horas que deben trabajar en un restaurante, fuera de eso es el dueño quien tiene que cocinar y servir las mesas para poder atender a su clientela. Al cocinero no le importa si tienes éxito o no.

            Esto enfrió por completo las ansias de Maria Judith por tener su propia cevichería, pero no su deseo de tener su propia tienda.

            Andaba para todos lados con su amiga, paisana, vecina y colega Antonieta Arévalo Borbor, a quien llamaba “pata” y en nuestra casa era la “tía patita”, y se apuntó para adquirir una tienda en secreto, no nos había comentado absolutamente nada sobre ella.

            El presidente García dio un decreto ley ordenando que todas las propiedades inmobiliarias vendidas a plazos que ya estuvieran canceladas se tenía que negociar nuevamente el precio final. Algo totalmente ilegal e injusto pero nadie le hizo frente, no sé para qué existe tanto abogado en el Perú.

            Allí fue donde mi amada esposa me dijo:

  • Papi, me he comprado una tienda y ya le he cancelado pero ahora la inmobiliaria dice que debemos pagar quinientos dólares más porque así lo ha dispuesto el gobierno. Y no tengo esa cantidad. ¿Puedes dármelo tú?
  • ¿Una tienda, donde?
  • En el Centro de Lima, en Galerías Mercado Central.

            Le di el dinero, siempre teníamos ahorros.

            Se juntó con nuestra amiga, paisana y vecina Paquita Vásquez, llevaron una mesita pequeña con cuatro sillas, mi segundo mueble que adquirí cuando vine a vivir en Lima, solo, el primero fue mi cama somier, y fueron a poner un negocio en su tienda.

            No tardó en aburrirse porque en su sueño la gente entraba y salía a raudales a comprar en su tienda, pero la realidad no siempre es como lo soñamos: es decir, el negocio era muy lento.

            Cerró la tienda y lo alquilamos, con lo cual teníamos una renta regular mensual que ayudaba en nuestros ingresos.

            Por algo dicen  que: Los sueños, sueños son.

            Tan inquieta como es, también se compró una “Combi” (Toyota Hi Ace) de la ruta Chama. Una tarde se presentó y me dijo:

  • Papi, me he comprado una combi de la ruta Chama.
  • ¿Y quién lo va a manejar?
  • Lo compré con chofer y todo. Allí está afuera. Vamos para que lo veas y así damos una vuelta por la ruta como inauguración.

            Para guardar la Combi adquirió un estacionamiento cercano a nuestra casa a fin de poder controlarlo directamente.

            Es increíble lo que esta mujer es capaz de hacer y nunca deja de sorprenderme, por eso la amo hasta el delirio.

            Dios bendiga a esta buena mujer que Él me la dio como esposa.

360 EL HOMBRE DE NEGOCIOS

            Un hombre de negocios norteamericano estaba en el embarcadero de un pueblecito costero de México cuando llegó una barca con un solo tripulante y varios atunes muy grandes.

            El norteamericano felicitó al mexicano por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo había tardado en pescarlo. El mexicano replicó:

  • Oh! Sólo un ratito.

            Entonces el norteamericano le preguntó por qué no se había quedado más tiempo para coger más peces. El mexicano dijo que ya tenía suficiente para las necesidades de su familia. El norteamericano volvió a preguntar:

  • ¿Y qué hace usted entonces con el resto de su tiempo?
  • El mexicano contestó – Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer, voy cada tarde al pueblo a tomar unas copas y a tocar la guitarra con los amigos. Tengo una vida plena y ocupada, señor.

            El norteamericano dijo con tono burlón:

  • Soy un graduado de Harvard y le podría echar una mano. Debería dedicar más tiempo a la pesca y con las ganancias comprarse una barca más grande. Con los beneficios que le reportaría una barca más grande, podría comprar varias barcas. Con el tiempo, podría hacerse con una flotilla de barcas de pesca. En vez de vender su captura a un intermediado, se la podría vender al mayorista; incluso podría llegar a tener su propia fábrica de conservas. Controlaría el producto, el proceso industrial y la comercialización. Tendría que irse de esta aldea y mudarse a Ciudad de México, luego a Los Ángeles y finalmente a Nueva York, donde dirigiría su propia empresa en expansión.
  • Pero señor, ¿cuánto tiempo tardaría todo eso?
  • De quince a veinte años.
  • Y luego ¿qué?

            El norteamericano soltó una carcajada y dijo que eso era la mejor parte:

  • Cuando llegue el momento oportuno, puede vender la empresa en la Bolsa de Valores y hacerse muy rico. Ganaría millones.
  • ¿Millones, señor? ¿Y luego, qué?
  • Luego se podría retirar. Irse a un pequeño pueblo costero donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus nietos, hacer la siesta con su mujer e irse de paseo al pueblo por las tardes a tomar unas copas y tocar la guitarra con sus amigos.
  • Bueno, pero eso es lo que hago ahora señor ¿Por qué tengo que esperar veinte años?
El pescador

359 SEMBLANZAS 2

LUISA

            Mi hija Luisa siempre hizo gala de su fuerza y resistencia. Ella y yo tenemos buen nivel de hemoglobina gracias a mi herencia serrana. Cuando hicieron el trasplante a mi hermana Mónica ella y yo fuimos los únicos que pudimos donar sangre. Judith, Claudia y Charito siempre tienen la hemoglobina baja. Luisa donó sangre para las abuelitas de sus amigas. Muy solidaria.

            A raíz de esta pandemia que nos condena a vivir separados, una tarde llamó Luisa para avisarnos que venían a la casa para vernos. Los recibimos en la cochera: junto al carport, Luisa, Juan y Rafaelita. En el otro extremo nosotros, Charito, Pedro, Ainhoíta y yo, premunidos de nuestra mascarilla de reglamento de acuerdo al protocolo establecido.

            Les mostré mis plantas muertas por el clima inclemente y las enfermedades. Les dije que la menta las he recuperado luego que casi se diezmaron porque les había puesto borra de café. Recuperé las plantas y boté la tierra reemplazándola por tierra nueva. Pero Juan señaló a la parte alta del estante donde se lucía airosa una planta con sus largas hojas verdes apuntando enhiestas hacia el cielo:

  • ¿Y esa planta?
  • Esa es hierba Luisa. No le pasa nada, es muy fuerte.

            Juan y Rafaela sonrieron orgullosos y tocaron a Luisa. Ella muy oronda y feliz por el agasajo que le hacían su esposo y su hija. En tiempos de pandemia el toque equivale a un fuerte abrazo de felicitación.

CHARITO

            Cuando regresaron del Retiro Espiritual para preparación de la Primera Comunión, ingresaron a la capilla del Colegio. La monja les hablaba sobre la necesidad de mantenerse puras y todas las alumnas la escuchaban con atención y recogimiento, menos una.

            Mi esposa veía con desagrado y preocupación cómo esta chica se iba de un lado para otro. No prestaba atención a lo que la monja decía e importunaba a una y otra compañera, quienes dejaban de atender a la monja. Judith la aborreció. Comentó en la casa e hizo saber a Charito que no quería ver a esa chica en nuestra casa.

            Varios años después Charito estaba en nuestra casa con toda la “Pandilla Basura” en pleno cuando vino a aparecer la chica en cuestión.

            Esto molestó a mi esposa pero yo le dije que hablaría con Charito, debe haber una explicación.

            Cuando fuimos a comprar el pan comenté con Charito el problema que significó la venida de esa chica, su compañera de salón, a la casa. Mamá está molesta. Charito me dijo:

  • Papá, esa chica no es de mi grupo, nadie la invitó, vino a aparecer no sé cómo.
  • ¿Así le digo a tu mamá?
  • No, papá. Yo voy a hablar con ella.

            Esta es la característica más notable y sobresaliente en mi hija: enfrenta las cosas directamente.

LOS PECES EN EL RÍO

            Mi hija Charito siempre se ha caracterizado por tener control sobre la cantidad de alcohol que toma, pero en cierta oportunidad se estaba pasando de la raya. Sus hermanas mayores decidieron tomar cartas en el asunto.

            Como las tres saben que no se deben pelear entre hermanas y habida cuenta que la menor es, más bien, iconoclasta, usaron el sarcasmo.

            Estaba bien cerca la Navidad y todo el día sonaban villancicos en nuestra casa y justo cuando estábamos sentados a la mesa, Charito con su cara de “resaca”. Comenzó a escucharse en la radio Los peces en el río.

            Luisa y Claudia, llegado el verso, cantaban a voz en cuello

  • Beben y beben y vuelven a beber.

            Una y otra vez repetían el estribillo. Sin decirle una sola palabra, sin pelearse, le dieron una lección a su hermana menor. Ella entendió y no lo volvió a hacer.

MI HERMANO PEDRO

            Sus hijos asistían a la Catequesis de su barrio en San Juan de Miraflores y le contaban a su padre lo que les recomendaba el catequista. Mi hermano les decía que no se debe decir catequista sino catequesista, según él era la derivación correcta de la palabra catequesis.

            Cuando fui a visitarlos Pedro me contó para confirmarle que lo que él decía era la manera correcta. Le expliqué que la palabra catecismo proviene del latín catechismus (catequismus), de ahí es que se deriva el término catequesis y catequista.

            Por tanto la manera correcta es catequista, persona que enseña el catecismo a los niños.

            Mi hermano Pedro lo entendió y aceptó, y él mismo les explicó a sus hijos sobre nuestra conversación.

Hierbaluisa

358 ROSA Y EDITH

            Doña Aurelia Castro era nuestra vecina en la calle Tacna primera cuadra en Iquitos. Tenía dos hijas: Edith, la mayor, y Rosa, la menor. Las tres lavaban ropa y su labor era tan cuidadosa que se hicieron las lavanderas “oficiales” del Hotel de Turistas, entonces el único hotel de importancia en la ciudad y todas las celebridades se hospedaban allí.

            Después nacería Leopoldo, un muchacho esmirriado, flaco y enteco, pero muy inteligente. Luego pasarían a vivir en la calle Nanay, a la vuelta de la calle Putumayo. Allí tenían un árbol de albaricoque y siempre que las visitábamos nos regalaban las frutas.

            Cuando llegamos de visita las chicas nos ponían “al día”, sabían todo de todas las chicas de los alrededores. Mi mamá se sorprendía: ¿cómo se enteran si no salen?

            En el Hotel de Turistas se alojaban principalmente los turistas que dejaban sus revistas en inglés. Esas revistas doña Aurelia se las pedía al Administrador para su hijo. Así Leopoldo aprendió inglés por su cuenta, de manera autodidacta.

            Rosa y Edith nos dijeron que le habían advertido a Leopoldo: “si te aplazas en el colegio, te compramos tu costal y tu pretina y te mandamos al Puerto de Belén a trabajar de chauchero”.

            Un chauchero es un cargador de bultos y Leopoldo, con ese “cuerpazo” no hubiera durado ni un día. Nunca se aplazó. Sus hermanas estaban seguras que era por esa “advertencia”. Nosotros pensamos que era porque era muy inteligente.

            Cuando alguna chica del barrio se embarazaba sin casarse, ellas nos lo contaban y agregaban: “es por la calor, doña María, por eso pasan estas cosas”. Mi mamá les decía: “¿por la calor? ¿Y ustedes que hacen cuando hace mucha calor?” Ellas respondían: “tenemos un bidón, doña María, le llenamos de agua y allí nos metemos para refrescarnos” Todos nos reíamos de esa gracia.

            Un día Rosa y Edith fueron al dentista, en el salón estaban algunas personas y entre ellas una dama ya entrada en años. Quisieron dárselas de “educadas” y saludaron, a la dama le dijeron: “buenas tardes, señora”, habida cuenta de que era mayor, pero la dama les aclaró: “señorita, por si acaso”. Rosa no se aguantó y le soltó: “entonces ponga su letrero” y se sentó sin más.

            Esto si nos hizo mucha gracia, el imaginarse el gesto educado, la respuesta tonta y el gesto brusco de la verdadera Rosa, tal cual era.

Rosa y Edith

357 ESTE PARTIDO NO ME LO PIERDO

            Un niño pregunta al enamorado de su hermana:

  • ¿Usted es un pescado?
  • ¿Lo dices por mi cara de bagre?
  • No, sino porque mi mamá y mi hermana dicen que usted ya mordió el anzuelo.

            Este chiste  solamente denota que las más de las veces es la mamá la artífice de la formación de la nueva pareja y pone en juego una serie de recursos para acabar de convencer al “futuro yerno”.

            Escuché a una señora decir emocionada porque su hija mayor estaba enamorando con un Cadete de la FAP (Fuerza Aérea del Perú), Este “partido” no me lo pierdo. En ese entonces un piloto militar ascendía de golpe a la más alta aristocracia de Iquitos.

            A ese nivel ascendía toda la familia cuya hija se casaba con un piloto y por ello el empeño que ponía la señora. Convenció a su hija para que celebraran en la casa de ellas el cumpleaños del cadete e invitaron a todas sus amistades para que se llenaran de envidia.

            Yo estuve en la orquesta que amenizó el evento y la señora prácticamente “botó la casa por la ventana”. Fue una fiesta muy brillante y llena de encanto.

            Lástima nomás que el cadete regresó a Lima a continuar sus estudios y el compromiso nunca se afirmó.

            Pero una cosa es cierta, los padres nos preocupamos hasta que nuestras hijas se comprometan y se casen. Entonces respiramos aliviados y satisfechos.

            También nosotros pasamos por esa etapa, casar a nuestras hijas, pero jamás dijimos y ni siquiera lo pensamos, la frase en cuestión. Cada una de nuestras hijas nos presentaron en su debido momento al elegido de su corazón. Eso sí vale.

            En el Primer Volumen de Cuentos de mi Blog incluí el post ESA DOCTORA ES UNA BURRA. Allí narro lo siguiente:

            “En un examen de rutina para detectar osteoporosis, la Traumatóloga cometió una terrible equivocación: metió la pata.

            El resultado de la Prueba decía «Aumento de la densidad ósea en la base del cráneo». La doctora envió a mi esposa a Oncología. La cita era en 30 días.

            Mi esposa se asustó mucho y se pasó los 30 días llorando. ¡Cáncer! La pobre repetía con temor:

  • Mis hijitas aún están pequeñas. Ninguna se ha casado todavía. No las puedo dejar así. No me puedo enfermar de esta manera”.

            Es, pues, una cuestión de estado para los padres casar a sus hijas, dando de ese modo por finalizada nuestra labor en este mundo

            El ciclo vital de los seres humanos: nacer, crecer, reproducirse y morir, ha debido siempre incluir una fase más; Nacer, crecer, reproducirse, casar a sus hijas y morir. Y con esto cumplido quedaremos más que satisfechos.

            Y que mayor felicidad podemos sentir los padres que ver a nuestras hijas conformar una nueva familia feliz con su esposo e hija que nos llena de orgullo legítimo.