El Callao, lugar emblemático donde vinimos a vivir con mi padre don Pedro Suárez Soto, en la casa de Carlos Príncipe Medina y Ángela Pino Chávez, hermana de mi mamá, María Luisa Sandoval Chávez.
Su residencia quedaba en la calle Thomas Cochrane 240, a media cuadra del Mercado Central.
Era una Quinta donde vivían varias familias y entre ellas, familias que se dedicaban a la preparación de los más exquisitos tamales chalacos que se solían vender en la entrada de la Quinta.
Muchas veces fuimos a bañarnos en la Playa La Punta con mi prima Blanca Hilda Morales Colón. Era una playa curiosa, muy curiosa, llena toda ella de piedras en vez del clásico arenal característico de todas las playas del Perú. Nosotros padecíamos al caminar sobre las piedras afiladas, pero Blanca no se inmutaba pues ella iba con zapatillas tipo alpargatas y no le afectaba. Es decir, ella era conocedora de su playa, mientras que nosotros éramos foráneos y estábamos pagando nuestro noviciado.
De todas maneras, el verano dura apenas tres meses. Y el resto del tiempo hace frío. Pero aún con todo el sol, si te parabas en la sombrita de una palmera, te morías de frío.
Mi abuelita Luisa Sandoval Vda. De Chávez vivía en la calle Venezuela 380, donde criaba a los tres hijos de su hija finada Blanca Hilda Colón Chávez, Pepe Matos Colón, Fernando y Blanca Morales Colón. Su casita era pequeña y solamente cabían ellos, pero vivían bien con la ayuda de algunos amigos y familiares. Había un oficial de Mar que le traía todos los panes pasados que la abuelita los volvía buenos y alimentaban mejor. En su casa presidía la mesa un frascote de ají picante con un alambre que a manera de anzuelo picabas el ají que querías comer.
Eran pequeñas nuestras hijas mellizas pero las traje para que las conociera la abuelita, quedaron encantadas.
Como eran de buen comer, en cierta oportunidad compramos tamales en la casa de Thomas Cochrane y caminando fuimos a dar en una cafetería de un japonés. Le dijimos que queríamos café y pan, pero traemos tamales y vamos a ensuciar mucho. Dijo que no habría problemas. Nos atendió muy bien: un lonche inolvidable. Los tamales eran fenomenales.
Andando los años, mi esposa fue trasladada a El Callao, al Colegio 5001 “Luisa de Sabogal”. Nos dimos cuenta que los delincuentes chalacos no respetan al maestro: Dos veces la acogotaron en el paradero de Dos de Mayo con Sáenz Peña, delante de docenas de personas, para quitarle el reloj con pulsera de acero.
Habíamos comprado estos relojes para nuestras hijas pero la mamá para llegar siempre a tiempo los usaba. Se lo quitaron ambos.
El tercer caso fue cuando le robaron todo su sueldo al salir de la USE, y esto ya fue el acabose. Felizmente había regresado la democracia y el Director General de Educación era Andrés Cardó Franco, quien de inmediato dispuso su cambio a La Victoria.
El Callao me llenaba de hermosos recuerdos y traté de imbuir ese sentimiento en mi familia, algunas veces fuimos toda la familia a almorzar en La Punta y nos hicieron aburrir, nos obligaban a pagar “cuidado del carro”, cuando estamos almorzando entraban cantores y sin pedir permiso se ponían a cantar y teníamos que pagar obligatoriamente.
Lo máximo ocurrió cuando nos detuvimos en una luz roja, toda la avenida La Colonial estaba vacía y silenciosa cuando vimos a un drogadicto que venía directamente a nosotros, el único carro en la vía. Cuando estuvo a un paso arranque el carro y he volteado a la derecha donde un tombo me sopló el pito y se puso a llenar un formulario: el imbécil me estaba poniendo una papeleta. Lleno de furia me bajé del carro y le increpé:
- ¿Qué está usted haciendo, zoquete?
- Se ha pasado una luz roja.
- ¿Y el delincuente que se me venía encima no lo vio? ¿No lo va a detener y a meter preso? ¿Para eso pagamos impuestos?
- Ya, váyase nomás.
Fue la respuesta de un cobarde, con uniforme y pistola que los ciudadanos le damos para que nos proteja, pero, al parecer, nadie se lo dijo. Ningún jefe toma en cuenta eso, ni siquiera el ministro del interior.
Callao, nunca más, me aburriste.
