UN SECRETO ENTRE TU ABUELO Y TÚ

            Una vez, ni siquiera recuerdo por qué razón fue, pero mi amada esposa le dijo a nuestra nieta Andrea, quien tendría más o menos 5 o 6 años:

  • Ese es un secreto entre tu abuelo y tú.

Cuando se retiró Andrea le dije a María Judith que yo nunca le digo eso a la niña. Ella me respondió:

  • Si, yo me he equivocado; pierde cuidado nunca más lo voy a hacer”.
  • Andrea tiene que estar en condiciones de decir a sus padres, a sus tíos, a sus abuelos y a sus maestros, todo lo que le pasa, sin ocultar absolutamente nada.
  • Es así, en efecto, ella debe poder decir todo lo que le pase sin esconder nada. Esto fue una equivocación mía y nunca más va a volver a ocurrir.

            Efectivamente, cuando se cría a los niños se les enseña y educa no solamente con lecciones sino también con lo que hacemos y decimos; pues ellos aprenden más de nuestras acciones que de nuestras lecciones.

            Es por eso que el Santo Padre dijo:

  • Más convence el que da testimonio que el que enseña.

Y esto es algo que nunca debemos olvidar cuando tratamos con niños, quienes absorben como esponjas lo que hacemos y decimos mejor que mil lecciones. Esta es, pues, una lección que siempre debemos tener presente cuando de criar niños se trata.

            Era tal la confianza que Andrea tenía con sus abuelos que en una oportunidad nos puso en un verdadero aprieto, por lo inesperada de la situación.

            Nuestra hija Luisa y su esposo Juan estaban celebrando el primer mes de nacimiento de Rafaelita, con asistencia de toda la familia Vargas, Canaval y Suárez.

            Juan conectó su cámara al televisor gigante y estaba pasando las fotos del nacimiento.

            De pronto, Andrea se paró frente a mí y me dijo en voz alta, señalando el televisor:

  • ¡Abuelo! ¡Cómo dices que no les dejan cargar a su hija!

En el televisor estaba yo cargando en mis brazos a Rafaelita recién nacida. La clínica nos imponía una mantita rosada a manera de mandil para poder cargar a la bebita.

Andrea tenía nueve años y nunca le dijimos nada al respecto, pero quizás nos escuchó comentar y, como digo, lo que hacemos y decimos los niños lo captan aun cuando pareciera que no han atendido la conversación.

No sabíamos dónde escondernos por el bochorno que estábamos pasando, pero Juan cogió a su hijita, la llevó al cuarto, le cambió su ropa y vino a ponerla en mis brazos, sin decir nada.

Después de todo, la indiscreción de Andrea rindió sus frutos: también somos sus abuelos.

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