En cierta oportunidad, los alumnos de Bellas Artes de Iquitos fueron con el Profesor Duller a pintar un paisaje de su inspiración a orillas del río Itaya. Para ello bajamos por el “Hueco”, una entrada frente al Hospital Santa Rosa, nos llevaba a esta zona populosa de gente amable y tranquila.
Al llegar cada alumno escogió el paisaje que deseaba inmortalizar, plantó su caballete y colocó el lienzo.
María Judith, como siempre muy conversadora, no tardó en que le ofrecieran una silla para estar más cómoda.
Estando así las cosas, de pronto escucha a su costado, decir a un niño quien la miraba trabajar:
- Está bonito, ¿no, cuñado?
No necesitó más para sacar a relucir su vena graciosa para fastidiar al niño:
- Así que ya tienes cuñado.
Huelga decir que, amantes del cine mexicano como somos, habíamos visto la graciosa película de 1967 “Adiós Cuñado”, protagonizada por César Costa y Maricruz Olivier, y dirigida por Rogelio A. González.
“Cuando pasaba en su motoneta Víctor Sandoval (César Costa) todo el mundo le decía «Adiós cuñado» y eso le enfurecía pues tenía cuatro hermanas que cuidar. Una vez se bajó de la motoneta y preguntó en la puerta de la taberna «¿Quién fue?», le dijeron «El Enano». Al punto gritó «Enano, ven pa ca» y al momento salió el Enano, un tipo de casi dos metros de alto y bien fortachón”.
Nos divertimos bastante con la película y sobre todo con el título Adiós Cuñado.
María Judith se imaginaba otra cosa distinta a la realidad, pues le resultaba chistoso que un niño tuviera tales inquietudes, de manera que volteó para conocer al “cuñado” y se encontró con un adulto de mirada tranquila que le sonreía.
Jamás pensó ella que en verdad el niño de 8 años tuviera cuñado, pero lo cierto era que el señor estaba casado con la hermana del menor y era, en consecuencia, su cuñado. Modismo loretano el del referirse a la persona por su estatus en la familia, como por ejemplo llamarle cuñado.
Hay momentos en la vida en que uno no sabe dónde esconderse para pasar el “pavo” que se comió. Pero felizmente la sonrisa de la Bebe era capaz de desarmar a cualquiera.
Este sitio era nuestro preferido en las aventuras de mi juventud cuando íbamos a veranear nadando en el Itaya, yendo de una a otra orilla. Acompañar a Maria Judith a su clase de pintura fue para mí recordar lindos tiempos de mi adolescencia.

