De nuevo en nuestro hogar, luego de la operación de cesárea para el nacimiento de Charito, me dispuse a preparar el biberón. En la Clínica San Felipe de Jesús María, las enfermeras preparaban el biberón.
Tanto de leche en polvo especial para recién nacidos, tanto de agua tibia y… ¿Qué sigue? Cuidadosamente pregunto a la “nueva mamá”:
- Bebe ¿se le pone azúcar al biberón?
- No me acuerdo, papi.
Sin perder más tiempo, cojo el auto y me voy al Rímac, al Policlínico de la Cervecería, encuentro al Médico Pediatra doctor Sánchez de la Puente y le pregunto a boca jarro:
- ¿Doctor, se le pone azúcar al biberón?
No me esperaba su respuesta, rompió a reír a carcajadas, de manera tan estruendosa que salió la Jefa de la Estación de enfermeras:
- ¿Qué pasa doctor?
- Nada, que aquí el Ingeniero se ha olvidado cómo se cría un hijo.
Yo estaba colorado, un poquito difícil porque soy, más bien, moreno. Pero la Enfermera me dijo:
- Se le pone un poco, no mucho, Ingeniero.
Volé a nuestra casa en la Plaza Manco Cápac y preparé el biberón. Expliqué a mi amada esposa que se le pone azúcar pero no mucha.
Es más curioso aún porque ingresamos al período de carencia de azúcar, más bien de carencia total. Como todos los hombres asumimos en nuestra casa la labor difícil de conseguir los víveres, como algo que se requería astucia y fuerza, sobre todo táctica. Es por esta razón que la Cervecería optó por entregarnos quincenalmente un paquete de víveres esenciales a fin de que los trabajadores no se distraigan en su búsqueda.
Mucho tiempo después Maria Judith contaba:
- Jorge robaba azúcar justito para el biberón y nada más. Lo traía en el bolsillo.
Si alguien se sorprende que padres veteranos no recuerden cosas esenciales, debería entender que desde hacía nueve años no teníamos bebitas en la familia. Las mellizas ya estaban muy desarrolladas y se encontraban en otro nivel.
Tan acostumbrados estábamos a tener dos hijitas que al tercer día del nacimiento de Charito hubo un fuerte temblor en la ciudad de Lima, como anunciando a los cuatro vientos: «Nació Charito».
Prestos corrimos a las 11 de la noche a la estación de Enfermeras para coger el teléfono y llamar a la casa. Contestó Luisa Iliana, la mayor y a cargo de la casa:
- Estamos bien, papá. La empleada quiso sacarnos a la calle pero yo le dije “Nosotros nunca salimos cuando hay temblor. Nos paramos bajo este arco de la casa”. La muchacha entendió y se paró junto con nosotras.
Satisfecha la preocupación, nos miramos y rojos de vergüenza corrimos a donde estaba la recién nacida. En medio de las cosas no habíamos pensado que ahora teníamos tres hijas por quienes debíamos pensar. En medio de sonrisas nerviosas comprobamos que las bebitas dormían tranquilas, ajenas a cualquier temor.
En verdad cuesta hacerse a la idea de que la familia ya había aumentado casi sin darnos cuenta nosotros.
