En La Oroya, donde trabajaba como Ingeniero Químico, tenían la costumbre inveterada de llamar “Chato” a toda persona que medía algo menos que nosotros.
Así había el chato Ramírez, el chato Alatrista, el chato Ríos, etc.
Tanto pegaba el apodo que en cierta oportunidad fuimos un grupo al cine a ver Alfredo El Grande. El chato Alatrista se llamaba Alfredo. Al finalizar, mientras retornábamos al Hotel Junín, Alfredo se detuvo y nos increpó:
- ¿Y ahora qué me van a decir? Alfredo El Grande era chato.
Nosotros simplemente sonreíamos porque nunca nos habíamos dado cuenta que al decir “chato”, sin querer, estábamos tocando cuerdas sensibles.
También ocurría que los arequipeños formaban una camarilla muy cerrada conformada solamente por arequipeños. Se me permitía participar porque de alguna manera se enteraron que mi padre era arequipeño.
Pero, sin menoscabo de esto, los arequipeños formaban parte de todos los grupos y donde quiera que fueran hacían ver, pues, que eran arequipeños.
En una oportunidad, cuando ya estaban cargados al alcohol, que allí no se tomaba cerveza sino ron o pisco, los arequipeños se pusieron a cantar, naturalmente un huayno de su tierra, Rio de Arequipa (autor anónimo):
Al silencio de una noche río de Arequipa
Ya vas calmando, calmando.
Sucedió que en el grupo de borrachos y cantores se encontraba también el chato Ríos. Ríos es norteño, de la Universidad Nacional de Trujillo, pero se emocionó con la canción y después de cantar con el grupo se puso a gritar:
- Chato, chato, soy arequipeño.
El verso decía río de Arequipa pero él cantaba Ríos de Arequipa y salió reconociéndose como arequipeño porque así lo decía la canción.
Cosas curiosas hacemos cuando estamos mareados y después, a lo mejor, ni lo recordamos, pero eso es lo de menos pues lo bailado no nos lo quita nadie.
