Noé Segundo Alva Rivera, joven graduado de la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, falleció el 24 de mayo de 1964 en los luctuosos sucesos del Estadio Nacional de Lima.
Noé Segundo es mi cuñado, hermano de mi amada esposa Maria Judith Alva Rivera, y como nosotros residimos en Iquitos, encargamos a una persona responsable del cuidado de su tumba.
Nunca conocí a mi cuñado, recién cuando se cumplió un año de su partida, en la Misa del Primer Año, llegué a acercarme a quién sería mi amada esposa por más de 50 años.
Noé Segundo está enterrado en el Cementerio Presbítero Maestro, Pabellón San Rosendo, nicho 164 A. Esto quiere decir que está enterrado en el primer nicho a partir del suelo, por recomendación de sus compañeros de Facultad quienes se encargaron de todos los trámites y los gastos del sepelio los hizo el Presidente Fernando Belaunde Terry, quien asumió la responsabilidad de lo ocurrido.
Asistieron desde Iquitos los hermanos Javier Domingo y Maria Judith, en representación de la familia, sin informar a sus señores padres, para hacerse cargo de sus restos.
Esta situación ha generado en nosotros un trauma incontrovertible y jamás nos hemos acercado el estadio donde falleció a causa del fútbol, del cual Noé Segundo era fanático.
Viviendo lejos de la capital, mi concuñado Elías Ramos Borja, contrató a un cuidador de tumbas, el señor Silva; un señor a carta cabal. Todos los días le ponía flores frescas en su tumba, cobrando apenas un precio módico.
Luego yo asumí la responsabilidad por amor a mi amada esposa, y cada que viajaba a Lima me acercaba al cementerio y me ponía al día en el pago por los meses transcurridos. Esto nunca le incomodó: sacaba su libreta y nos decía son 4 o 6 meses que le debemos. Es decir, en honor de mi amada esposa me hice cargo de la tumba de mi cuñado.
Pero fuera cual fuera el día o la hora en que nos acercábamos al cementerio, siempre tenía flores frescas.
Con mi amada esposa pudimos darnos cuenta que cada encargado tiene su propio bidón de agua con candado y únicamente el dueño lo podía usar.
Era un acuerdo maravilloso y nos sentíamos encantados al saber que Noé Segundo estaba permanentemente bien cuidado y su lápida limpia y con flores frescas. Nada podía ser mejor.
Hasta que el señor Silva tuvo un derrame y ya no pudo trabajar. Heredó su puesto y funciones un sobrino suyo cuyo nombre no registra la historia que era un bueno para nada y un irresponsable total. Nos ofreció brindarnos las mismas condiciones de trabajo que su digno tío, pero era mentira. Nunca cumplió por lo cual deshicimos el contrato.
Una vez vimos un caso terrible: una señora quién tuvo el mismo trato con el señor Silva y pensó que con su sobrino sería igual:
- Señor – le dijo – vengo y no encuentro flores frescas en la tumba de mi esposo.
- Si usted no viene, para qué le voy a poner flores frescas.
- Pero usted se comprometió a hacerlo y yo le pagué por adelantado.
- Ahora que ha venido usted le voy a poner sus flores, pues.
- Mejor ya no lo haga. No lo haga nunca más. Se terminó el contrato.
- Cómo quieras.
Un sinvergüenza total.
Mi cuñado, Dios me perdone, ya no tiene entonces el cuidado que durante décadas le brindamos. Luego de la pandemia, la verdad es que ya estoy en edad avanzada y no puedo ir a verlo. En realidad ya no puedo ir a ver a nadie, únicamente a mi amada esposa en su “Casita de Campo”, como le bautizó nuestra nieta Andrea Canaval.
