Esta es una anécdota bastante tonta pero se trata de un hecho real.
En la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP), el Decano José Reátegui Cárdenas dispuso la entrega de sitios en el Laboratorio de Análisis para todos los alumnos, éramos 10 en total y a cada uno nos asignó un cajón de escritorio y un anaquel y nos recomendó ponerle llave a ambos compartimientos.
Observé que un alumno de un año anterior, apellidado Abreu, estaba poniendo las chapas a los cajones de sus amigos, todos los días llegaba con un maletín de trabajo con sus herramientas.
Abreu nunca fue mi amigo, nunca tuvimos una conversación y, por tanto, no formaba parte de mi entorno; pero sí veía que mis compañeros de promoción tenían amistad con él. Estaban Leopoldo, Ferruccio y “Nemeshín”.
Como veía que colocaba las chapas en sus cajones pensé que podía también emplearlo y se lo dije.
Su respuesta me dejó turulato. Sin mirarme y levantando la mano derecha en calidad de advertencia me dijo:
- Yo cobro.
Ignoro que puede haberle hecho pensar que yo deseaba que hiciera un trabajo “gratis”, habida cuenta que no “nos conocíamos”. Pero me supo mal su respuesta, si se toma en cuenta que yo era el único de la promoción que tenía ingresos fijos (tenía empleo).
Sin decirle nada, salí y fui al Taller de Ebanistería de mi amigo, cercano a la universidad y se lo pedí. Al instante vino conmigo.
Estaban aún los presentes y delante de ellos lo hizo con la maestría de un profesional. Cuando terminó me dijo:
- Listo Jorgito.
- Gracias Carlitos.
Pagué su trabajo y nuevamente le agradecí por su bello gesto de ayudarme cuando lo necesitaba.
- Cuando quieras Jorgito.
- Adiós Carlitos.
No sé cómo lo tomaría el tal “yo cobro”, ni me interesa, pero jamás utilicé a nadie a quien no haya sufragado su labor en mi provecho.
