ERA UN DÍA DE SOL

            La mujer maravillosa que tiñó de alegría mi vida yacía en el salón del Velatorio. Habían programado su sepelio muy temprano por la mañana, a una hora por demás inusual.

            Estuvimos mucho antes de la hora señalada, pero sucedió algo también inusual, era un día de sol. Un día de sol maravilloso.

            El Velatorio se llenó de gente que quería despedirla. Muchos habían madrugado para estar allí. Me sentí alegre porque mi amada esposa no se iba sola.

            Muchos enviaron coronas y arreglos florales, que Dios les conserve con bien, porque llenaron de alegría la Sala 11 y su perfume calmó nuestro dolor.

            A las 9 am se inició la partida, el bus se llenó y, además, algunos fueron en su propia movilidad pues Lurín está solo a 33 km. En verdad cuando están muchas personas nos sentimos acompañados por quienes la conocieron y, quizás, muchos tenían historias que contar sobre mi amada esposa.

            Es un inmenso prado lleno de verdor y de flores y uno se siente bien allí, el Parque del Recuerdo tiene personal que nos guían hasta el lugar señalado y amparados en una carpa enorme asistimos a la celebración religiosa.

            A Lurín le llaman con justicia la ciudad del sol y era un sol radiante que quemaba y nos bañaba con su luz y calor.

            Mi amada esposa no estuvo sola nunca y ahora tampoco. Muchos estuvimos con ella para darle el último adiós, hasta que sea nuestra hora de partir también hacia el infinito y poder ver al Señor y podamos entonces encontrarla.

            Que el Señor, nuestro Dios, la acoja en su seno y a nosotros nos guarde de todo mal.

            Descansa en paz MARIA JUDITH ALVA RIVERA DE SUÁREZ.

Plataforma Juan Pablo II

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