374 LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER

            Novela humorística y satírica de Mark Twain, seudónimo del célebre escritor Samuel Clemens.

            Mark Twain es también autor de obras  inmortales, tales como El Príncipe y el mendigo, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, pero es más conocido por su novela Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las Aventuras de Huckleberry Finn.

            Tom Sawyer es un chico travieso, aventurero y enamorador, con una imaginación muy activa que lo mete en muchos problemas. Aparentemente sus aventuras ocurren en un poblado a orillas del rio Mississippi (Estados Unidos).

            Es esta novela la que hizo mis delicias en mi niñez y, pese a su extensión, son dos secuencias las que recuerdo con mucho cariño porque pintan de cuerpo entero al personaje:

Uno

Pág 31.

La escuela dominical

Los tres niños marcharon a la escuela dominical, lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero a Sid y a Mary les gustaba.

Las horas de esa escuela eran de nueve a diez y media, y después seguía el oficio religioso. Dos de los niños se quedaban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otro siempre se quedaba también…, por razones más contundentes. Al llegar a la puerta, Tom se echó un paso atrás y abordó a un compinche también endomingado.

  • Oye, Bill, ¿tienes un vale amarillo?
  • Sí.
  • ¿Qué quieres por él?
  • ¿Qué me das?
  • Un cacho de regaliz y un anzuelo.
  • Enséñalos.

Tom los presentó. Eran aceptables, y las pertenencias cambiaron de mano. Después hizo el cambalache de un par de canicas por tres vales rojos, y de otras cosillas por dos azules. Salió al encuentro de otros muchachos, según iban llegando, y durante un cuarto de hora siguió comprando vales de diversos colores.

Entró en la iglesia, al fin, con un enjambre de chicos y chicas, limpios y ruidosos.

Pág. 32

Las lecciones de la escuela dominical

Llegó el momento de dar las lecciones y fueron saliendo trabajosamente del paso, y a cada uno se le recompensaba con vales azules, en los que estaban impresos pasajes de las Escrituras.

Cada vale azul era el precio de recitar dos versículos; diez vales azules equivalían a uno rojo, y podían cambiarse por uno de éstos; diez rojos equivalían a uno amarillo, y por diez vales amarillos el superintendente regalaba una Biblia, modestamente encuadernada (valía cuarenta centavos en aquellos tiempos felices), al alumno.

La entrega de uno de estos premios era un raro y notable acontecimiento.

El alumno premiado era un personaje tan glorioso y conspicuo por aquel día, que en el acto se encendía en el pecho de cada escolar una ardiente emulación, que solía durar un par de semanas. Es posible que el estómago mental de Tom nunca hubiera sentido verdadera hambre de uno de esos premios, pero no hay duda de que de mucho tiempo atrás había anhelado con toda su alma el éclat que traía consigo.

Pag. 33

El Superintendente

Al llegar el momento preciso el superintendente se colocó en pie frente al púlpito, teniendo en la mano un libro de himnos cerrado y el dedo índice inserto entre sus hojas, y reclamó silencio. Empezó de esta manera:

  • Ahora, niños os vais a estar sentados, todo lo derechitos y quietos que podáis, y me vais a escuchar con toda atención por dos minutos.

Pero todo ruido cesó de repente al extinguirse la voz de mister Walters, y el término del discurso fue recibido con una silenciosa explosión de gratitud.

Pág. 35

Los visitantes

Buena parte de los cuchicheos había sido originada por un acontecimiento más o menos raro: la entrada de visitantes. Eran estos el abogado Thatcher, acompañado por un anciano decrépito, un gallardo y personudo caballero de pelo gris, entrado en años, y una señora solemne, que era, sin duda, la esposa de aquél. La señora llevaba una niña de la mano.

Se dio a los visitantes el más encumbrado asiento de honor, y tan pronto como mister Walters terminó su discurso los presentó a la escuela. El caballero del pelo gris resultó ser un prodigioso personaje, nada menos que el juez del condado; sin duda el ser más augusto

en que los niños habían puesto nunca sus ojos. Aquél era el gran juez Thatcher, hermano del abogado de la localidad. El Superintendente y todos los funcionarios se pusieron a presumir.

Y cerniéndose sobre todo ello, el grande hombre seguía sentado, irradiaba una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la concurrencia y se calentaba al sol de su propia grandeza, pues estaba «presumiendo» también.

Pág. 37

El premio

Sólo una cosa faltaba para hacer el gozo de mister Walters completo, y era la ocasión de dar el premio de la Biblia y exhibir un fenómeno. Algunos escolares tenían vales amarillos, pero ninguno tenía los necesarios: ya había él investigado entre las estrellas de mayor magnitud.

Y entonces, cuando había muerto toda esperanza, Tom Sawyer se adelantó con nueve vales amarillos, nueve vales rojos y diez azules, y solicitó una Biblia. Fue un rayo cayendo de un cielo despejado. Walters no esperaba una petición semejante, de tal persona, en los próximos diez años. Pero no había que darle vueltas: allí estaban los vales y eran moneda legal. Tom fue elevado en el acto al sitio que ocupaban el juez y los demás elegidos, y la gran noticia fue proclamada desde el estrado. Era la más pasmosa sorpresa de la década; y tan honda sensación produjo, que levantó al héroe nuevo hasta la altura misma del héroe judicial.

El premio fue entregado a Tom con toda la efusión pero el superintendente se daba cuenta, instintivamente, de que había allí un misterio. Era simplemente absurdo pensar que aquel muchacho tenía almacenadas en su granero dos mil gavillas de sabiduría bíblica, cuando una docena bastarían, sin duda, para forzar y distender su capacidad.

El juez le puso la mano sobre la cabeza y le dijo que era un hombrecito de provecho, y le preguntó cómo se llamaba. El chico tartamudeó, abrió la boca, y lo echó fuera:

  • Tom.
  • No, Tom, no…; es….
  • Thomas.
  • Eso es. Ya pensé yo que debía de faltar algo. Bien está. Pero algo te llamarás además de eso, y me lo vas a decir, ¿no es verdad?
  • Dile a este caballero tu apellido, Thomas -dijo Walters-; y dile además «señor». No olvides las buenas maneras.
  • Thomas Sawyer, señor.
  • ¡Muy bien! Así hacen los chicos buenos. ¡Buen muchacho! ¡Un hombrecito de provecho! Dos mil versículos son muchos, muchísimos. Y nunca te arrepentirás del trabajo que te costó aprenderlos, pues el saber es lo que más vale en el mundo: tú serás algún día un hombre grande y virtuoso, Thomas, y entonces mirarás hacia atrás y has de decir: «Todo se lo debo a las ventajas de la inapreciable escuela dominical, en mi niñez; todo se lo debo al buen superintendente, que me alentó y se interesó por mí y me regaló una magnífica y lujosa Biblia para mí solo: ¡todo lo debo a haber sido bien educado!» Eso dirás, Thomas, y por todo el oro del mundo no darías esos dos mil versículos. No, no los darías. Y ahora ¿querrás decirnos a esta señora y a mí algo de lo que sabes? Ya sé que nos lo dirás, porque a nosotros nos enorgullecen los niños estudiosos. Seguramente sabes los nombres de los doce discípulos.
  • ¿No quieres decirnos cómo se llamaban los dos primeros que fueron elegidos?

Tom se estaba tirando de un botón, con aire borreguil. Se ruborizó y bajó los ojos: Mister Walters empezó a trasudar, diciéndose a sí mismo: «No es posible que el muchacho contestase a la menor pregunta… ¡En qué hora se le ha ocurrido al juez examinarlo.» Sin embargo, se creyó obligado a intervenir, y dijo:

  • Contesta a este señor, Thomas. No tengas miedo.

Tom continuó mudo.

  • Me lo va a decir a mí -dijo la señora-. Los nombres de los primeros discípulos fueron…
  • ¡David y Goliat!

Dejemos caer un velo compasivo sobre el resto de la escena.

Dos

Pág 177

CAPÍTULO XXII

Tom ingresó en la nueva Orden de los «Cadetes del Antialcoholismo», atraído por lo vistoso y decorativo de sus insignias y emblemas. Hizo promesa de no fumar, no masticar tabaco y no jurar en tanto que perteneciera a la Orden. Hizo en seguida un nuevo descubrimiento, a saber: que comprometerse a no hacer una cosa es el procedimiento más seguro para que se desee hacer precisamente aquello. Tom se sintió inmediatamente atormentado por el prurito de beber y jurar, y el deseo se hizo tan irresistible que sólo la  esperanza de que se ofreciera ocasión para exhibirse luciendo la banda roja evitó que abandonase la Orden.

El «Día de la Independencia» se acercaba, pero dejó de pensar en eso, lo dejó de lado cuando aún no hacía cuarenta y ocho horas que arrastraba el grillete, y fijó todas sus esperanzas en el juez de paz, el viejísimo Grazer, que al parecer estaba enfermo de muerte, y al que se harían grandes funerales por lo encumbrado de su posición. Durante tres días Tom estuvo preocupadísimo con la enfermedad del juez, pidiendo a cada instante noticias de su estado.

A veces subían tanto sus esperanzas, tan altas estaban, que llegaba a sacar las insignias y a entrenar frente al espejo. Pero el juez dio en conducirse con las más desanimadoras fluctuaciones. Al fin fue declarado fuera de peligro, y después, en franca convalecencia. Tom estaba indignado y además se sentía víctima de una ofensa personal. Presentó inmediatamente la dimisión, y aquella noche el juez tuvo una recaída y murió. Tom se juró que jamás se fiaría de un hombre como aquél.

El entierro fue estupendo. Los cadetes desfilaron con una pompa que parecía preparada intencionadamente para matar de envidia al dimisionario.

Tom había recobrado su libertad, en cambio, y eso ya era algo. Podía ya jurar y beber; pero, con gran sorpresa suya, notó que no tenía ganas de ninguna de las dos cosas. Sólo el hecho de que podía hacerlo le apagó el deseo y privó a aquellos placeres de todo encanto.

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