358 ROSA Y EDITH

            Doña Aurelia Castro era nuestra vecina en la calle Tacna primera cuadra en Iquitos. Tenía dos hijas: Edith, la mayor, y Rosa, la menor. Las tres lavaban ropa y su labor era tan cuidadosa que se hicieron las lavanderas “oficiales” del Hotel de Turistas, entonces el único hotel de importancia en la ciudad y todas las celebridades se hospedaban allí.

            Después nacería Leopoldo, un muchacho esmirriado, flaco y enteco, pero muy inteligente. Luego pasarían a vivir en la calle Nanay, a la vuelta de la calle Putumayo. Allí tenían un árbol de albaricoque y siempre que las visitábamos nos regalaban las frutas.

            Cuando llegamos de visita las chicas nos ponían “al día”, sabían todo de todas las chicas de los alrededores. Mi mamá se sorprendía: ¿cómo se enteran si no salen?

            En el Hotel de Turistas se alojaban principalmente los turistas que dejaban sus revistas en inglés. Esas revistas doña Aurelia se las pedía al Administrador para su hijo. Así Leopoldo aprendió inglés por su cuenta, de manera autodidacta.

            Rosa y Edith nos dijeron que le habían advertido a Leopoldo: “si te aplazas en el colegio, te compramos tu costal y tu pretina y te mandamos al Puerto de Belén a trabajar de chauchero”.

            Un chauchero es un cargador de bultos y Leopoldo, con ese “cuerpazo” no hubiera durado ni un día. Nunca se aplazó. Sus hermanas estaban seguras que era por esa “advertencia”. Nosotros pensamos que era porque era muy inteligente.

            Cuando alguna chica del barrio se embarazaba sin casarse, ellas nos lo contaban y agregaban: “es por la calor, doña María, por eso pasan estas cosas”. Mi mamá les decía: “¿por la calor? ¿Y ustedes que hacen cuando hace mucha calor?” Ellas respondían: “tenemos un bidón, doña María, le llenamos de agua y allí nos metemos para refrescarnos” Todos nos reíamos de esa gracia.

            Un día Rosa y Edith fueron al dentista, en el salón estaban algunas personas y entre ellas una dama ya entrada en años. Quisieron dárselas de “educadas” y saludaron, a la dama le dijeron: “buenas tardes, señora”, habida cuenta de que era mayor, pero la dama les aclaró: “señorita, por si acaso”. Rosa no se aguantó y le soltó: “entonces ponga su letrero” y se sentó sin más.

            Esto si nos hizo mucha gracia, el imaginarse el gesto educado, la respuesta tonta y el gesto brusco de la verdadera Rosa, tal cual era.

Rosa y Edith

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