127 EDUCANDO AL ENAMORADO

Durante varios meses estuve visitando a doña Maria Judith, me agradaba mucho que saliera a recibirme siempre con una sonrisa. Era muy amable conmigo y nos sentábamos a conversar. Yo, que era de natural de poco hablar, me explayaba y encontraba mil y una cosas que contarle y ella me escuchaba con atención, era la oyente más a propósito para mi charla. La frase que más repetía era “¿Y qué pasó entonces…?”.

Y así fue hasta que alguien me “hizo” comprender que yo era posiblemente “su enamorado”. No lo habría pensado nunca. De esta manera me di cuenta que, la verdad, estaba enamorado de la joven Profesora. Le declaré mi amor y le pedí que fuera mi enamorada. Me pidió un plazo para responderme: un mes. No, le dije, tres días. Aceptó.

A los tres días me presenté a las siete de la noche en su casa, lleno de ilusiones, esperando que me dijera que sí. Pero, apenas salió me dijo “vamos”. Era una orden y quienes tenemos formación militar “obedecemos sin dudas ni murmuraciones”.

Me llevó a la Plaza de Armas, distante tres cuadras de su casa, me hizo sentar en una banca en la esquina que da a la Casa Fortes o Casa de Fierro (Dicen que lo construyó Eiffel en Paris y el millonario cauchero lo hizo desarmar para traerlo a Iquitos), que al frente esté siempre de plantón un Guardia Civil, me parece, que no tiene relevancia. Entonces le pregunté emocionado si aceptaba ser mi enamorada.

Fue algo extraordinario, que jamás lo hubiera imaginado: en vez de contestarme acercó sus labios y me dio un beso por toda respuesta.

Años después, viendo una película por televisión con mi hija menor Charito, ya casada, ocurrió exactamente lo mismo en la trama de la película. De inmediato recordé aquel instante de mi vida y pregunté, pregunta retórica, “¿Cómo hacen eso las mujeres, donde aprenden?”. Charito me dijo “Lo tenemos escrito en nuestros genes”. Vaya, quién lo hubiera pensado.

Eso fue una revelación y me hizo comprender mil y una cosas que ocurrieron desde aquel beso.

Cuando íbamos al cine, por costumbre ancestral, compraba dos cajitas de Chiclets Adams. Cada cajita contiene dos pastillas. Lo normal, y la costumbre, es que cada persona tome su cajita y se lleve las dos pastillas a la boca, con lo cual tiene suficiente masa de Chiclets en la boca y lo puedes masticar hasta que se acaba el sabor y lo botas. Pero doña María Judith me quitaba las dos cajitas, ingresábamos al cine y una vez sentados abría una cajita, solo una, ponía una pastilla en mi boca y la otra en la suya. Luego de una media hora abría la otra cajita y ponía una pastilla en mi boca y la otra en la suya. Al parecer tenía una fijación con lo de poner lo que sea que estaba comiendo, un pedazo en mi boca.

Aprendí así que lo que tuviera ella en la mano para comer el tema era que ella debía meterlo directamente en mi boca: un dulce o cualquier otro antojo loretano. Si eres enamorado de  doña Judith esa era la manera de serlo.

Si paseábamos por el jirón Lima, mirando tiendas y de repente le ponía la mano en el hombro ella invariablemente se zafaba chillando. No me permitía que le ponga la mano en el hombro en la vía pública. La explicación que me dio era de antología “¿Y si después me dejas, cómo quedo yo? Soy una Profesora y hay mucha gente juzgando ¿Qué van a decir después, de mí?”.

Bueno, la explicación tenía bastante lógica y sentido común, pero lo que nunca he comprendido y no lo comprendo aún ahora es por qué pensaba que la iba a dejar. La verdad, ella fue mi primera enamorada, y no tenía experiencia en el tema y no pensé nunca en dejarla. Pero todo esto forma parte del tema “Educando al enamorado”.

Su manera de meter en mi boca lo que estaba comiendo llegó a su punto máximo un día en que estábamos en el balcón de la Escuela Regional de Bellas Artes de Iquitos con 4 alumnas mías. Las chicas eran Profesoras de Educación Primaria y estaban haciendo una segunda profesión en Bellas artes. Judith, mi enamorada, y otra alumna que estaba también con su enamorado, no alumno ni profesor. Las chicas estaban comiendo un dulce y Judith metió un pedazo en mi boca, yo, como ya estaba entrenado, lo recibí gustoso ante la mirada asombrada de los asistentes. La otra chica intentó hacer lo mismo con su enamorado, pero Uriel Jarama se negó de plano a permitirlo, “inflando su bizcocho”. Locución loretana que significa mostrar mucho enfado en el rostro, como inflando los carrillos como un bizcocho en señal de desaprobación. A todas luces ganó Judith el “torneo de enamorados”. Bien por ella. Una enamorada satisfecha suma muchos puntos a favor del aprendiz de enamorado.

Que yo le haya dicho que “a mí me han criado tomando té y mazamorras” no significó nada para ella, o le entró por un oído y le salió por el otro, pues en su casa se toma café a todas horas y todos los días desde que nacen. Nunca mazamorras. De modo que aprendí a tomar café y todas mis hijas también lo toman pues nacieron con el “síndrome del café”. Mi yerno Peter, español de Cádiz,  prepara su propio blending de café que lo tomamos todos los días.

Desde que inventaron el pollo a la brasa fue su plato favorito, el mío es el chifa; y aquí sí llegamos a un consenso: los martes comíamos pollo a la brasa y los jueves chifa. Un hecho curioso viene a mi memoria: cuando alguna vez llevé a alguna chica a cenar a un restaurante, ella trinchaba de mi plato la mejor presa, algo que me disgustaba, pero con mi enamorada era todo diferente, completamente diferente. Judith cogía de su plato la mejor presa y lo ponía en el mío. Le decía que yo también tengo en mi plato más que suficiente. “No importa – me contestaba -. Tú come nomás. Tu eres tragoncito” Y así fue toda nuestra vida. Cuando alguna vez le pregunté por qué hacía eso, me dijo “No lo sé, tal vez porque veía que así hacía siempre mi mamá con mi papá”.

Seguramente por eso es que el Papa santo Juan Pablo II dijo que «más convence el que da testimonio que el que enseña» y el padre Juan Cuña Calavia dijo al respecto «eso es cierto, necesitamos más testigos que teólogos». Lo que vemos hacer a nuestros padres es lo que aprendemos.

Así, fuimos novios y luego esposos y padres, ahora abuelos. Al casarnos llegó la hora de la gran prueba: dormir juntos. Fuimos criados cada uno de manera diferente y esto tenía que pasar. A la hora de dormir ella se enroscó en mi pierna. Yo toda mi vida había dormido solo, en mi propia cama, sin nadie a mi lado. Nunca soporté a nadie junto a mí. Seguramente notó mi sorpresa, para no decir disgusto, pero lejos de soltarse me dijo simplemente “Yo siempre he dormido así, enroscada con mi mamá”. Y ahí está la clave de todo, teníamos que dormir enroscados por siempre.

Pero aún ahora, no ha terminado la educación del enamorado. Ella está postrada en cama aquejada del Mal de Alzheimer y continúa dándome lecciones, enseñándome cómo debo cuidarla, cómo debo atenderla y mi mayor premio es verla sonreír.

Dios bendiga a mi Maestra del Amor.

Los enamorados

 

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