85 LAS ANDANZAS DE MI AMADA ESPOSA 3

Mi esposa. Maria Judith, era muy amiguera, en loretano “yanacera”. Conversaba con todo el mundo, como yo le decía “tú eres capaz de hablar hasta con el borrachito de la esquina”.

Pero esta cualidad le permitía enterarse de muchas cosas, algunas falsas pero otras verdaderas y muy útiles.

Supo, por ejemplo que la traumatóloga del Hospital que me estaba atendiendo era la misma que le había enviado a ella a Oncología por un “aumento de la densidad ósea” y el Oncólogo había dicho de ella que era una burra. “Ésta es la burra” me dijo en esa ocasión. Pero también se enteró que el señor que la estaba visitando y que fue quien me diagnosticó y recomendó mi tratamiento, era el mejor Traumatólogo del Seguro Social. Ver Entradas 37 “Esa doctora es una burra” y 38 “Apoyo sicológico” de este mismo blog.

Tenía sus informantes muy útiles, Ana, paisana y vecina, para los chismes y Meche, también paisana y vivía a la vuelta, quien, en cuanto se enteraba, en el primer gobierno de Alan García, que estaban vendiendo aceite, leche o azúcar, en tal o cual parque, venía corriendo a avisarle. De esta manera estábamos todos contentos, teníamos información y alimentos, cosas muy necesarias cuando crías niñas pequeñas.

Una de sus clientes le dijo que su tía es monja y trabaja en el Colegio Canonesas de La Cruz, de esa manera, con su recomendación, pudimos trasladar a Charito a este Colegio, el más prestigiado de Pueblo Libre, donde concluyó su educación escolar. Antes vivíamos en la Plaza Manco Cápac y nuestras hijas estudiaban en el CEGECOOP San Norberto de Santa Catalina.

A Judith le desagradaba la tecnología, habida cuenta que solamente aceptaba el Microondas, la olla arrocera y la cafetera, porque “completaban” su modo de ser. Pero ir al centro comercial Plaza San Miguel era para ella un calvario. Necesariamente teníamos que subir por las escaleras mecánicas y le daba miedo. Creo yo que era lo único que le infundía temor. Ni el tunchi ni la policía le hacían sentir temor y marchaba gritando arengas en las marchas de los Maestros. A un policía que se creyó gracioso y  les dijo a las Maestras que si quieren plata por qué no se dedican a la profesión más antigua, mi esposa le enrostró, le miró a la cara al tal tipo y le dijo “¿Por qué no le dices eso a tu madre?”

Cuando teníamos que subir por las escaleras mecánicas del centro comercial, hablaba con ella y le decía con suavidad “Si te coges del pasamanos verás que tu mano y tu pie van a viajar juntos”. “Solamente tienes que levantar un pie, dar un paso y poner el pie en la faja y cogerte del pasamanos”.

“Para salir – le decía durante el viaje – levantas el pie y das un paso fuera de la faja y te sueltas del pasamanos”. Lo hacíamos todas las veces, pero ella sabía que yo estaba en todo momento a su lado, en cuerpo y alma.

La escalera mecánica

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