25 LA NATY

Mi esposa es una persona simple y conversadora, amiguera en grado sumo y siempre muy agradecida.

Trabajaba como Profesora de Aula en la Escuela de Mujeres Nº 172 de Iquitos cuando hizo amistad con La Naty, Natividad. Naty era la Directora de la Nocturna en ese mismo Centro Educativo y convenció a mi esposa para que se pase a la Nocturna  y poder así Enseñar en el Colegio Particular San Agustín, donde también trabajaba ella.

Colegio San Agustín de Iquitos

En aquel entonces mi esposa Maria Judith Alva Rivera vivía en Iquitos con nuestras hijas mellizas, Lisa y Cisa, yo trabajaba en Lima e intentaba conseguir el traslado de mi esposa a Lima. Luego de 5 años recién se pudo conseguir el tan ansiado traslado.

La Naty no solamente era su Directora en la Nocturna de la 172 y compañera de trabajo en el San Agustín sino que, esposa de un industrial, tenía dinero y era “prestamista”.

Judith me explicó que trabajando los dos en lugares distantes y deseando que nuestras hijas estén ligadas a mí, nuestros gastos eran grandes pues nos veíamos cada tres meses: Una vez iba yo a Iquitos y tres meses después ellas venían a Lima, y todos saben que este viaje es en avión y es por tanto muy caro. Allí estaba la prestamista auxiliándonos con el capital a esta joven pareja.

Ya asentados en la Capital nos dedicamos a organizar nuestra vida, una casa donde vivir y un colegio para nuestras hijas. Ocurrió que la Naty también se mudó con toda su familia a Lima donde habían comprado un chalet. Ella, su esposo y sus 4 hijos.

En su casa Naty daba alojamiento y pensión a estudiantes varones únicamente. Decía ella que los varones no dan problema. No quería pensionistas mujeres.

Ocurrió que una colega de ellas en el San Agustín, Clarita Alván, se mudó también a Lima a la espera de que se concrete su matrimonio con un oficial del Ejército. Y Clarita vino a alojarse en la Pensión de la Naty.

Mi esposa Maria Judith sintió la necesidad de mostrar nuestro agradecimiento a la Naty y su familia por su “valiosa ayuda” y quiso invitarles a almorzar. Teníamos una cocinera estrella que hacía maravillas en la cocina.

Fue un banquete digno de un rey: Entrada de chonta con tomates, cebollas y palta, sopa Inchicapi de gallina, segundo Pollo relleno   y postre omelet con leche condensada.

A las 4 de la tarde servimos el lonche, sándwich de jamón y queso con chocolate caliente. Abrimos una caja de bombones y una de galletas importadas.

Mi esposa estaba muy contenta, satisfecha de haber podido rendir un homenaje a su amiga y pensaba que sus invitados se iban felices de haber sido agasajados tan copiosamente. Seguramente recordarían durante mucho tiempo el esfuerzo que representó cumplir con ellos.

A la semana siguiente mi esposa invitó a Clarita Alván a almorzar en la casa y me imagino que mi esposa esperaba oír que nuestros invitados anteriores se habían expresado con un alto grado de satisfacción. Pero Clarita nos dijo que llegaron a su casa despotricando cruelmente de nosotros.

  • Por eso son pobres esos Suárez, todo el día comen
  • Sí, por eso nunca tienen plata
  • Nos han dado de tragar hasta hartarnos en vez de guardar ese dinero para que se compren sus cosas

Un balde de agua fría no hubiera hecho el mismo efecto que causaron en mi esposa esas expresiones, se puso muy triste. Si no pueden mostrar agradecimiento, por lo menos no debían hacer críticas tan feroces.

En mi cabeza retumbaban las palabras de mi abuelita Luisa Chávez, una dama muy dicharachera y una larga lista de refranes para toda ocasión:

  • Ningún adulón sale con bendición

Sólo me quedó reconfortar a mi amada esposa y tratar de tranquilizarla

  • Tú hiciste lo que tu corazón te decía. Cumpliste como amiga y por eso debes sentirte orgullosa de lo que has hecho. Si no te han dicho gracias, qué importa. Lo que vale es el amor y el cariño que tú has demostrado. Ahora estás con tu esposo y nuestras hijas y eso sí importa.

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